—Buenos días, intruso —susurré.
Daniel exhaló, un sonido largo y trémulo, y sus hombros se relajaron contra el colchón como si le hubieran quitado una armadura de plomo. Una sonrisa tímida, casi infantil y llena de gratitud, apareció en su rostro.
—Buenos días.
Emily, encantada con la novedad de tener a sus dos padres en su territorio prohibido, se sentó en la cama cruzando las
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