El niño no miraba el uniforme.
Ni la placa.
Ni la radio.
Miraba el antebrazo derecho de Javier.
—Oiga, señor… mi papá tenía uno igualito.
El dedo del niño señaló el tatuaje tribal marcado en la piel. A Javier se le apretó el pecho.
Ese tatuaje no era común. No era algo que se viera por ahí como si nada. Y, sobre todo, no era algo que él hubiera visto repetido muchas veces en su vida.
En realidad, solo conocía a una persona con ese mismo diseño exacto.
Su hermano gemelo.
Emilio.
Cinco años sin hablarse.
Cinco años de orgullo duro como piedra.
Una bronca tan fea que Javier ya ni sabía dónde vivía Emilio, si seguía en la ciudad o si se había largado quién sabe a dónde.
Javier se agachó para quedar a la altura del niño.
—¿Cómo te llamas, campeón?
—Mateo —dijo el niño como si dijera lo más obvio del mundo—. Vivo ahí… con la tía Dolores.
Señaló un edificio amarillo que Javier reconoció de volada: el albergue municipal.
El corazón de Javier empezó a latirle bien rápido.
Un niño huérfano.
Un albergue.
Y un tatuaje que solo compartía con su hermano.
Trató de que la voz no se le quebrara.
—Oye, Mateo… ¿y tu papá cómo era? ¿Te acuerdas?
Mateo asintió con ganas.
—Sí. Era grande, así como usted. Tenía el pelo negro… y los ojos verdes. Pero luego se puso raro. Se le olvidaban las cosas. Mi mamá lloraba mucho.
A Javier se le hizo un nudo en la garganta.
Ojos verdes.
Pelo negro.
Alto.
Emilio.
Era como si el niño le estuviera describiendo un espejo.
—¿Y tus papás dónde están ahora?
Mateo bajó la mirada, como buscando la respuesta en el piso.
—No sé. La tía Dolores dice que mi papá desapareció… y que mi mamá ahorita no puede cuidarme, pero que va a volver. Eso prometió.
En ese momento llegó una mujer como de cincuenta años, apurada, con cara de preocupación.
—¡Mateo! ¿Cuántas veces te he dicho que no te salgas de la banqueta?
Luego miró a Javier con desconfianza, pero protegiendo al niño.
—Disculpe, oficial. Es muy curioso.
Javier vio el gafete, la postura firme, la forma en que le agarró la mano al niño.
Dolores Herrera. Directora del albergue.
—No pasa nada —dijo Javier—. Solo estaba platicando con él.
Mateo agarró el brazo de Javier como si fuera algo valioso.
—Tía Dolores, mire… el señor tiene el tatuaje igualito al de mi papá.
Dolores miró el tatuaje.
Y se le fue el color del rostro. De inmediato le apretó la mano a Mateo, como si de pronto todo se hubiera vuelto peligroso.
—Vámonos, Mateo. Ahorita.
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