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EL NIÑO HUÉRFANO VE EL TATUAJE DEL POLICÍA Y DICE: “MI PAPÁ TENÍA UNO IGUAL”… Y EL POLICÍA SE QUEDA HELADO

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—Cuando murió mi mamá, nos dejó una casa y unos ahorros. Emilio quería vender. Yo quería quedarme la casa… era lo único que nos quedaba de ella. La discusión se puso fea. Nos dijimos cosas horribles. Hasta los golpes llegamos.

—Y mientras ustedes peleaban… su sobrino crecía aquí.

La palabra sobrino le pegó como un golpe en el pecho.

—Tengo que encontrar a mi hermano.

Javier se levantó.

—Con calma —dijo Dolores—. Primero Mateo. Hay papeles, procesos, verificaciones.

—Lo sé. ¿Qué hago?

—Comprobar el parentesco. Encontrar a Emilio. Y hablar con Valeria.

—¿Cómo la contacto?

—Llama el primer domingo de cada mes a las dos de la tarde. Falta poco.

Esa noche Javier revolvió toda su casa. Encontró actas de nacimiento, fotos viejas y una en especial: él y Emilio el día que se hicieron los tatuajes, a los dieciocho.

Al día siguiente pidió permiso y empezó a buscar como quien siente que ya no le queda tiempo. Registro Civil. Hospitales. Archivos.

Hasta que la verdad le cayó encima:

Emilio había estado internado en el Hospital Regional de Querétaro tres años atrás. Accidente de moto. Dos meses hospitalizado.

Javier fue hasta Querétaro.

—Fue muy triste —le dijo una enfermera—. Estuvo semanas en coma. Cuando despertó no reconocía a nadie. Venía una muchacha embarazada todos los días… lloraba porque él no sabía quién era.

Valeria.

De regreso en Guadalajara, Javier volvió al albergue. Mateo corrió a abrazarle las piernas.

—La tía Dolores dice que tú conoces a mi papá.

—Sí, campeón. Tu papá y yo éramos muy amigos.

—Entonces ¿por qué no viene?

A Javier le dolió la pregunta.

—Lo estoy buscando.

Mateo sonrió.

—Yo sé esperar. La neta, a veces lo bueno tarda, pero llega.

Antes de que Javier se fuera, Mateo lo jaló de la camisa.

—Cuando lo encuentres, dile que todavía me acuerdo de nuestra canción.

Y la cantó.

Era la canción que Javier y Emilio habían inventado de niños.

Aun con la memoria rota, eso seguía vivo…

Siguiendo pistas, Javier llegó a Monterrey. Talleres mecánicos. Fotos.

—¿Milo? —dijo un señor—. Sí, buen mecánico. Medio confundido a veces. Se fue… creo que a San Miguel de Allende.

San Miguel lo recibió bonito y aterrador al mismo tiempo.

Una casita azul. Un huertito.

—Emilio… —dijo Javier.

El hombre levantó la cabeza.

—Yo… yo te conozco, ¿verdad? ¿O te soñé?

—Soy Javier. Tu hermano.

—Hay un Javier en mis pesadillas —murmuró—. Gritos… pleitos.

Javier mostró el tatuaje.

—Nos lo hicimos juntos.

 

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