El perro seguía empujando al niño. Cuando el veterinario vio por qué, los padres lloraron.

En la alfombra de la sala, llorando más de susto que de dolor, estaba su hijo de dos años, Elías. Tenía los cachetes húmedos de lágrimas, los brazos abiertos pidiendo rescate.

Encima de él, erguido como una muralla, estaba Roco, su pastor alemán de tres años.

Pero el perro no lo estaba consolando. No estaba lamiéndole la cara ni moviendo la cola alegre. Tenía el pecho agitado, las orejas rígidas hacia adelante y soltaba ladridos cortos y agudos, de advertencia.

—¡Roco, no! —tronó Adrián, corriendo hacia el niño.

Lo levantó en brazos de un jalón. Elías se aferró a su camisa con manitas temblorosas.

—Lo hizo otra vez —dijo Mireya, con la voz quebrada—. Lo vi… Elías iba caminando hacia su caja de juguetes y Roco simplemente lo embistió. Lo tiró a propósito.

Roco no huyó avergonzado como un perro regañado. No hizo ese movimiento de cola culpable que tantas veces habían visto cuando tiraba la basura. Se quedó ahí, respirando rápido, olfateando el aire alrededor del niño como si buscara algo invisible, con una concentración tan intensa que a Mireya se le erizó la piel.

—Es la tercera vez esta semana… —murmuró Adrián, apretando la mandíbula—. Se está poniendo brusco. Pesa casi cuarenta kilos, Mire. Puede lastimarlo de verdad.

—Está celoso —susurró ella, sin estar del todo convencida—. Desde que Elías empezó a caminar bien, Roco está raro. Lo bloquea, lo empuja, se le atraviesa. Y siempre le anda oliendo la boca, la nuca… como si quisiera comprobar algo.

El pastor alemán llevaba días inquieto. Caminaba de un lado a otro de la casa, vigilando cada movimiento de Elías, lloriqueando bajito si el niño subía las escaleras, pegado a él como sombra inquieta. A veces, en medio de la noche, lo escuchaban levantarse de su cama en el pasillo y caminar hasta la puerta del cuarto del bebé, como soldado haciendo ronda.

Lo que más inquietaba a Mireya era el olfateo. Roco hundía el hocico en la playerita de Elías, aspiraba el aire de su boca, lo lamía una y otra vez con ansiedad.

—Tenemos que separarlos —dijo Adrián, de pronto, con esa voz que usaba cuando ya había tomado una decisión—. En serio. Algo le está pasando a este perro.

Se acercó y tomó a Roco del collar.

Por primera vez desde que lo adoptaron de cachorro, Roco gruñó.

No fue un gruñido de juego. Fue un sonido bajo, rasposo, desesperado. Sus patas se aferraron a la alfombra, clavando las garras en las fibras. Sus ojos no se apartaban de Elías ni un segundo, como si temiera perderlo de vista.

Adrián tuvo que arrastrarlo hasta el patio trasero. Cerró la puerta corrediza de cristal con un portazo.

Afuera, Roco no corrió hacia su pelota ni hacia su plato de agua. Se plantó frente al vidrio y pegó la nariz contra la superficie, empañándola con respiraciones rápidas mientras miraba a Elías al otro lado.

Mireya sintió una culpa extraña atravesarla. Pero luego miró el moretón formándose en la frente de su hijo y el miedo ganó.

El día se hizo más pesado a medida que el sol subía. Vivían en las afueras de Guadalajara, donde el calor del verano se pegaba a las paredes como una segunda piel. El ventilador giraba en la sala, moviendo el aire caliente sin refrescarlo.

Elías estaba raro. Más pegado a ella de lo normal, más irritable. Lloriqueaba por cualquier cosa, pedía jugo cada rato, pero rechazaba la comida. Sus manitas estaban sudorosas, su carita más pálida de lo habitual. Mireya intentó convencer a Adrián de que llamaran al pediatra, pero él, mirando el reloj porque ya se le hacía tarde para la oficina, minimizó.

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