—Es del golpe, mi amor. Y del calor. Si ves que no mejora, mañana lo llevamos. Hoy tengo junta con el jefe.
Se dieron un beso rápido. Él salió, el portón eléctrico se cerró y el ronroneo del coche se perdió en la calle.
Mireya se quedó sola con un niño cansado… y con un perro desesperado que no dejaba de rascar la puerta de cristal desde afuera.
Al caer la noche, después de bañar a Elías, de luchar para que comiera aunque fuera unas cucharadas de puré, de acostarlo en su cuna con la esperanza de que durmiera mejor, Mireya y Adrián tomaron otra decisión dolorosa: esa noche, Roco dormiría encerrado en el cuarto de lavado.
—Sólo por hoy —dijo ella, apretando los labios.
—Hasta que veamos qué hacemos con él —respondió Adrián, serio.
Roco entró al cuarto de lavado con la cola baja, mirando hacia el pasillo como si supiera que estaban cometiendo un error. Cuando la puerta se cerró, sus uñas sonaron un momento contra el piso de loseta… y luego, silencio.
Mireya se acostó, agotada. A las dos de la mañana, un aullido la arrancó del sueño.
No era un ladrido. Era un aullido largo, roto, que se filtraba por las rejillas de ventilación, atravesaba paredes y pieles.
—Ignóralo —murmuró, tapándose la cabeza con la almohada—. Si bajamos, va a pensar que llorando se gana salir.
El aullido cambió.
Se volvió golpes. Thump. Thump. Thump.
—Se está aventando contra la puerta —dijo Adrián, incorporándose—. Carajo, la va a tirar. Yo bajo.
—Yo voy contigo —respondió ella, con un mal presentimiento subiéndole por la espalda.
Los golpes eran cada vez más violentos. Cuando Mireya abrió la puerta del cuarto de lavado, un pastor alemán desesperado salió disparado como bala. No se fue hacia la puerta trasera, ni hacia el recipiente del agua, ni hacia su cama.
Corrió escaleras arriba, patinando en su urgencia.
—¡Roco! —gritó Mireya, sintiendo que el frío le recorría los brazos—. ¡Roco, ven acá!
El perro ni volteó.
Cuando Mireya llegó al descanso de la escalera, el corazón desbocado, la puerta del cuarto de Elías ya estaba abierta de par en par, chocando suavemente contra la pared con cada soplo del ventilador.
Roco estaba de pie sobre sus patas traseras, con las delanteras enganchadas al borde de la cuna. Lloriqueaba, empujando el cuerpo de Elías con el hocico, lamiéndole la cara con una insistencia frenética.
—¡Bájate! —susurró Mireya, agarrando su collar—. ¡Lo vas a despertar!
El perro soltó un ladrido explosivo, ahogado, el más angustiado que ella le había escuchado jamás. Se soltó del collar, volvió a hundir el hocico entre las sábanas, como si quisiera arrancar al niño de ahí.
Adrián irrumpió en el cuarto con un bat de beisbol en la mano, los ojos desorbitados.
—¿Qué está pasando? ¡Se escapó! ¡Te dije que lo encerraras bien!
Entre los dos, forcejearon con el pastor alemán. Roco luchó como nunca antes. No les enseñó los colmillos, no intentó morder, pero su cuerpo entero era un torbellino de músculos, empujando, retorciéndose, tratando con desesperación de volver a la cuna.
Al final, lo arrastraron hacia el pasillo.
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