Cerraron la puerta con seguro. Al otro lado, Roco arañó la madera, lloriqueando, soltando de vez en cuando un ladrido ahogado que les rompía los tímpanos.
—Hasta aquí llegué —jadeó Adrián, sudando—. Mañana se va. No me importa lo que diga tu mamá, ni tu hermano el veterinario. Se va.
Mireya apenas lo escuchó.
Se volvió hacia la cuna, temblando. Una idea helada empezaba a tomar forma en su pecho.
Elías no se movía.
Estaba boca arriba, el pijama pegado al cuerpo, el cabello húmedo de sudor. Sus pestañas, larguísimas, descansaban sobre unas ojeras que ella no recordaba haber visto antes.
—Hace calor aquí… —murmuró, acercando la mano al termómetro de pared.
Su dedos rozaron la piel del niño.
No estaba caliente.
Estaba fría. Fría, pegajosa, antinatural.
—Elías… —su voz se quebró.
Lo sacudió suavemente de los hombros.
—Mi amor, despierta ya… Ya, se acabó, Roco ya se fue, despierta…
Su cabecita cayó hacia un lado, flácida, como si todos los hilos de su pequeño cuerpo se hubieran cortado de golpe.
—¡Adrián! —el grito le salió desgarrado, animal—. ¡Adrián, no se despierta!
El pánico explotó en el cuarto como una bomba.
Adrián agarró al niño en brazos. Elías no respondió. Sus labios estaban pálidos, su respiración tan tenue que Mireya tuvo que inclinarse para sentirla.
—Marca al 911 —dijo él, con la voz rota—. ¡Ya! ¡Diles que es un niño, que no reacciona!
Los siguientes diez minutos fueron una mezcla borrosa de sirenas acercándose, lágrimas y manos temblorosas. Roco seguía arañando la puerta desde el pasillo, como si quisiera atravesarla con las garras.
Cuando los paramédicos entraron, los vecinos ya se asomaban por las ventanas.
Una mujer de cabello recogido, con el chaleco de la Cruz Roja, tomó al niño con suavidad entrenada.
—Soy Silvia —dijo, casi sin mirar a los padres—. Tranquilos, aquí lo vemos.
Acercó la mejilla a la boca de Elías, olió su aliento, tocó su piel, revisó sus ojos. Frunció el ceño. Sacó un pequeño glucómetro del maletín, pinchó el talón del niño con un movimiento rápido.
La máquina emitió un pitido y mostró una cifra.
Silvia se quedó rígida.
—Hipoglucemia severa —anunció, ya en modo urgente—. Está colapsando, entrando en coma diabético. Vámonos ya.
—¿Diabetes? —repitió Mireya, aturdida—. Pero… tiene dos años…
—Puede despertarse de la nada —dijo Silvia mientras colocaba una mascarilla de oxígeno y una línea intravenosa con una rapidez impresionante—. Si no lo hubieran encontrado ahorita, diez minutos más y… —no terminó la frase, pero no hacía falta.
Los padres subieron a la ambulancia con el corazón roto. Elías era un cuerpo pequeño entre tubos y manos profesionales. Afuera, Roco aullaba con la cabeza pegada a la reja del patio, el sonido deshaciéndose a la distancia mientras las sirenas se lo llevaban todo.
En el hospital, el tiempo cambió de forma. Minutos que parecían horas, horas que parecían segundos. Los médicos entraban y salían, el olor a desinfectante perforaba las náuseas.
Después de lo que pareció una eternidad, un pediatra de bata azul se sentó frente a ellos.
—Su hijo está estable —dijo, por fin—. Ha sufrido una hipoglucemia muy profunda. Tiene diabetes tipo 1 de inicio reciente.
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