El perro seguía empujando al niño. Cuando el veterinario vio por qué, los padres lloraron.

Mireya y Adrián lo miraron, confundidos, vacíos.

—Hay algo que llamamos “síndrome de muerte en la cama” —explicó el médico con voz grave—. Niños con diabetes recién diagnosticada que se duermen aparentemente bien y… no se despiertan. Es silencioso, muy rápido. Ustedes tuvieron mucha suerte. Lo encontraron a tiempo.

“Lo encontramos”, pensó Mireya, pero una imagen la atravesó: un pastor alemán gigante, arañando una puerta, lanzándose contra la madera, llorando.

Adrián tragó saliva.

—Doctor… —dijo, con la voz quebrándose—. Nuestro perro… Roco… lleva días raro. Tira al niño, se le atraviesa, le huele la boca todo el tiempo. Esta noche tiró la puerta para llegar a él. ¿Es posible que…?

El médico lo miró con interés genuino.

—Hay estudios sobre perros que detectan cambios en el azúcar en la sangre de sus dueños por el olor del aliento y del sudor —respondió—. Algunos se entrenan como perros de alerta diabética. Otros… lo perciben por instinto. Lo que me cuenta suena a que el suyo lo notó antes que cualquier monitor.

Mireya se llevó las manos al rostro. Lágrimas calientes le resbalaron por los dedos.

Habían regañado a quien intentaba salvarlo.

Dos días después, regresaron a casa. Elías llevaba en el bracito un pequeño sensor redondo pegado a la piel, un monitor de glucosa que parpadeaba cada cierto tiempo. Estaba más animado, aunque aún se cansaba rápido. Cada tanto, Silvia o alguna enfermera les rondaban en la mente: pinchazos en los dedos, insulina, conteo de carbohidratos. Una vida nueva.

La casa, en cambio, estaba igual. Los juguetes en la alfombra. La cuna. El bat de beisbol recargado en la pared del pasillo, testigo mudo de una noche que pudo haber terminado distinta.

Roco estaba acostado sobre la alfombra de juegos.

No se levantó cuando los vio. Tenía la cabeza entre las patas, las orejas bajas. Sólo sus ojos se movieron, enormes, oscuros, llenos de una mezcla de culpa y miedo que a Mireya le rompió el alma.

Se arrodilló frente a él.

Las lágrimas le cayeron de inmediato.

—Roco… —susurró—. Perdóname. Por favor, perdóname.

El pastor alemán dudó. Su cuerpo entero tembló, como si no supiera si acercarse o huir. Luego se arrastró despacio hacia ella, con el vientre pegado al suelo, la cola moviéndose apenas, en círculos tímidos.

Adrián colocó a Elías en la alfombra, a unos centímetros de ellos.

—Ándale, campeón —murmuró—. Revísalo.

Roco olfateó el aire, y el mundo contuvo el aliento.

Se acercó despacio, metiendo el hocico entre los rizos del niño, aspirando su aliento, lamiendo sus labios con una delicadeza casi humana. El sensor en el brazo de Elías emitió un pitido suave: glucosa dentro del rango.

El perro soltó un suspiro largo, profundo. Como si también hubiera estado conteniendo el aire.

Luego acomodó la cabeza sobre las piernitas del niño, cerró los ojos y, por primera vez en muchos días, se quedó completamente quieto.

La tensión abandonó sus músculos como una ola que se retira.

El olor era el correcto. Su cachorro humano estaba a salvo.

Esa noche, colocaron una camita nueva junto a la cuna. Una cama gruesa, suave, de esas que Mireya siempre veía en internet y decía “algún día”. Roco la olfateó… y la ignoró.

Cuando Mireya miró el monitor del bebé a las tres de la mañana, la luz nocturna proyectaba un resplandor azul sobre la habitación. Elías dormía boca arriba, el pecho subiendo y bajando silenciosamente.

Roco estaba pegado a los barrotes de la cuna, acostado de costado, con la nariz metida entre las rendijas. Cada tanto, sus orejas se movían al ritmo de los sonidos mínimos del niño. No hacía ruido. No dormía del todo. Vigilaba.

Silencioso. Atento. Inquebrantable.

El guardián en su puesto.

Con el tiempo, los vecinos se acostumbraron a ver al pastor alemán siempre cerca del niño, nunca a más de un par de metros. A veces, en el parque, cuando Elías jugaba y el sensor emitía un pitido de alerta, Roco ya estaba inquieto, ladrando suave, empujando la mano de Mireya hacia la mochilita donde llevaba el jugo y las galletas.

—Ese perro es un ángel —decía doña Lupita, la vecina de al lado, cada vez que lo veía pasar—. Nomás le falta hablar.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.