Mireya sonreía y miraba a Elías, ahora de cuatro años, corriendo con la libertad que dan los milagros cotidianos. Cada inyección, cada lectura de glucosa, cada noche en vela… todo valía la pena cuando veía la nariz negra de Roco pegada a su costado.
Una tarde, mientras Elías dormía en el sofá después del kinder, Mireya se sentó junto a él y acarició las orejas del perro.
—Casi lo perdemos… —susurró, con un escalofrío tardío—. Y tú fuiste el único que lo supo desde el principio.
Roco levantó la cabeza y la apoyó sobre las rodillas de ella. Sus ojos ámbar la miraron con esa seriedad que los perros reservan para las cosas importantes.
En ellos, Mireya no vio celos, ni agresividad, ni rencor.
Vio exactamente lo que siempre había estado ahí, incluso cuando ella misma no lo quiso ver: una lealtad tan profunda que había derribado puertas, soportado regaños y arriesgado todo por un niño que no compartía su sangre, pero sí su manada.
En un mundo donde las alarmas a veces fallan y los adultos se distraen, un pastor alemán había escuchado algo que nadie más escuchó: el cuerpo de un niño apagándose en silencio.
Y había decidido no quedarse callado.
Esa noche, antes de apagar la luz del cuarto infantil, Mireya miró a su hijo dormido, el monitor de glucosa marcando números verdes… y al perro, otra vez con la nariz entre los barrotes de la cuna, respirando al mismo ritmo que el pequeño.
—Gracias —dijo en voz baja.
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