Parte I: El eco del traidor

El pitido era un hilo de acero que me atravesaba el alma. Pi… pi… pi… piiiiiiiiiiiiii. Ese sonido, agudo y eterno, marcaba el final de Elena de la Vega. O al menos, eso es lo que ellos querían creer. Mientras sentía cómo mi cuerpo se hundía en una oscuridad inducida, gélida y profunda, mis sentidos, agudizados por el instinto de madre, registraban cada movimiento en aquella habitación del hospital madrileño.
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