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El suspiro de las hienas: Cuando la muerte fue solo el comienzo de una justicia que nadie vio venir.

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Primero fue una inspección de sanidad anónima en el hotel de Sevilla justo el día de la Feria de Abril. No encontraron nada, pero el rumor dañó las reservas. Luego, un pequeño incendio en las cocinas del resort en Marbella. Y finalmente, la carta.

No llegó por correo. Apareció debajo de la almohada de la cuna de Lucía.

Era una nota simple, escrita en un papel barato, con una caligrafía temblorosa pero punzante: “La deuda no está saldada. La sangre reclama sangre”.

Esa noche, no llamé a la policía. Llamé a Valeriano, mi abogado, y contraté al mejor equipo de seguridad privada de España, ex agentes del GEO. Si Bernarda quería jugar desde el infierno, yo bajaría al infierno para cerrarle la puerta en la cara.

Parte VI: Crónicas desde el Averno
Mientras yo fortificaba mi vida, la vida de Rodrigo en la prisión de Soto del Real era una narrativa muy diferente, una que me encargué de monitorear a través de contactos. Necesitaba saber que sufría. Puede sonar cruel, pero saber que él pagaba cada lágrima que yo derramé era mi gasolina.

Rodrigo no estaba hecho para la cárcel. Era un “pijo”, un hombre acostumbrado a sábanas de hilo egipcio y a que le sirvieran el desayuno. En el Módulo 4, no era nadie. Peor aún, era “el mataniños”. En el código carcelario, incluso los asesinos y ladrones tienen líneas rojas, y tratar de matar a tu mujer embarazada y a tus hijos te coloca en lo más bajo de la cadena alimenticia.

Me llegaron informes de que Rodrigo pasaba sus días fregando las duchas comunitarias, “protegido” por un capo local a cambio de todo el dinero que le quedaba en su cuenta de economato. Había perdido el pelo, su sonrisa de anuncio se había podrido por la falta de higiene dental y el estrés. Lloraba por las noches, llamando a Sofía, llamando a su madre, llamándome a mí.

Pero la verdadera historia estaba en la prisión de mujeres de Alcalá Meco, donde residía Doña Bernarda.

A diferencia de su hijo, Bernarda no se rompió. Se adaptó. Como una cucaracha que sobrevive a un holocausto nuclear, mi suegra encontró su lugar. Usó su apariencia de anciana devota para ganarse a las funcionarias más ingenuas, organizando el grupo de rosario de la capilla. Pero en las sombras, traficaba con información. Bernarda sabía secretos de medio Madrid gracias a los años que pasó sirviendo té y escuchando detrás de las puertas en las fiestas de la alta sociedad.

Fue Valeriano quien descubrió la conexión. —Elena, tenemos un problema —me dijo una mañana en mi despacho—. Hemos rastreado el origen de la nota que apareció en la cuna. No fue Bernarda directamente. Fue un recadero. Pero la orden salió de Alcalá Meco. Bernarda está vendiendo secretos de antiguos socios de tu padre a cambio de favores fuera de la cárcel. Está intentando destruir tu reputación empresarial para que las acciones bajen y un grupo inversor “fantasma” compre la cadena a precio de saldo.

—¿Qué grupo inversor? —pregunté, sintiendo la bilis subir por mi garganta. —Uno testaferro. Pero sospechamos que detrás está un antiguo amante de Bernarda. Un hombre poderoso del sector inmobiliario que pensábamos que estaba retirado: Don Anselmo Cifuentes.

Todo encajaba. Bernarda no buscaba solo venganza emocional; buscaba recuperar el dinero que creía suyo. Incluso encerrada, su codicia era el motor que mantenía latiendo su corazón negro.

Parte VII: La Emboscada
Decidí que no iba a esperar a que me atacaran de nuevo. Había aprendido que la defensa es para los débiles; yo había nacido para el ataque.

Organicé una gala benéfica en el hotel principal. Invité a toda la creme de la creme de Madrid, incluyendo a Don Anselmo Cifuentes, el supuesto aliado de Bernarda. Sabía que él vendría. La curiosidad y la arrogancia de ver a la “viuda alegre” caer eran demasiado tentadoras.

La noche de la gala, el salón de baile resplandecía. Candelabros de cristal, música de violines en vivo, y yo, vestida con un traje de terciopelo rojo sangre, recibiendo a los invitados con una sonrisa que no llegaba a mis ojos.

Mis hijos estaban seguros en una casa de seguridad en la sierra con el Dr. Salazar y dos guardaespaldas. Yo era el cebo.

Don Anselmo se acercó a mí cerca de la medianoche. Era un hombre corpulento, con olor a tabaco rancio y colonia cara. —Doña Elena —dijo, besando mi mano con una familiaridad asquerosa—. Una fiesta magnífica. Es una pena lo de los rumores sobre la inestabilidad de sus hoteles. —Los rumores son como el humo, Don Anselmo —respondí, mirándolo fijamente—. Desaparecen si soplas lo suficientemente fuerte. O si apagas el fuego que los provoca.

Él sonrió, mostrando unos dientes amarillentos. —A veces el fuego es incontrolable. Bernarda me manda saludos, por cierto. Dice que reza por usted. —Dígale que guarde sus oraciones para su juicio final. Y usted, Don Anselmo, debería preocuparse por el suyo.

En ese momento, hice una señal al jefe de seguridad. Las pantallas gigantes del salón, que mostraban fotos de las obras benéficas de la fundación, cambiaron de repente.

La música se detuvo. Un murmullo recorrió la sala.

En las pantallas apareció un video. No era de alta calidad, parecía grabado con una cámara oculta o un móvil de contrabando. Era Bernarda, en el patio de la prisión, hablando con un abogado corrupto. “Anselmo tiene que presionar a los proveedores. Que corten el suministro de alimentos frescos. Si Elena no puede dar de comer en sus hoteles, se hunde en un mes. Y dile que el 20% de la compra será para mi cuenta en Suiza. Que no se olvide de quién le presentó al Ministro de Urbanismo en el 98”.

El silencio en el salón fue absoluto. Don Anselmo palideció, soltando su copa de champán, que se hizo añicos contra el suelo.

—Damas y caballeros —mi voz resonó por los altavoces—. Lo que acaban de ver es la prueba de una conspiración para alterar el mercado libre y cometer fraude corporativo. La Guardia Civil, que está esperando en el vestíbulo, estará encantada de escuchar sus explicaciones, Don Anselmo.

Fue una jugada maestra. Había sobornado a una reclusa compañera de Bernarda para que grabara esa conversación semanas atrás. Había esperado el momento perfecto.

Ver a Don Anselmo ser esposado frente a toda la sociedad madrileña fue el golpe de gracia. Pero faltaba una cosa. Faltaba mirar a la bestia a los ojos una última vez.

Parte VIII: Visita al Purgatorio
Dos días después, fui a Alcalá Meco.

El locutorio era frío, con ese olor característico a lejía y desesperanza. Me senté frente al cristal blindado. Bernarda entró arrastrando los pies. Había envejecido diez años en los últimos meses. Su plan había fallado, su aliado había caído, y ahora sabía que yo era intocable.

Se sentó y agarró el teléfono. Yo hice lo mismo.

—Te ves cansada, Bernarda —dije. Ella escupió al cristal. —Maldita seas, Elena. Maldita seas tú y tus bastardos. —Mis hijos tienen nombre. Y tienen un futuro. Algo que tú ya no tienes. He hablado con el director de prisiones. Debido a tu intento de coordinar delitos desde dentro, te van a trasladar. Bernarda abrió los ojos con pánico. —¿Trasladar? ¿A dónde? —A una prisión en el sur. Módulo de aislamiento. Sin compañeras a las que manipular, sin teléfono, sin visitas. Solo tú y tus pensamientos, Bernarda. Vas a tener mucho tiempo para rezar.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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