—¡No puedes hacerme esto! ¡Soy una anciana! —Eres una asesina. Y esto es piedad comparado con lo que tú planeaste para mí. Te dejé vivir, Bernarda. Aprovecha esa vida para arrepentirte.
Colgué el teléfono mientras ella golpeaba el cristal, gritando obscenidades que se ahogaban tras el vidrio de seguridad. Me levanté, me alisé la falda y salí de allí sin mirar atrás. Al salir al sol de la tarde, respiré hondo. El aire nunca había olido tan limpio.
Parte IX: Diez Años Después
El tiempo tiene una forma curiosa de sanar, no borrando las cicatrices, sino haciéndolas parte de tu mapa de vida.
Diez años habían pasado desde aquella noche en el hospital. Estaba sentada en el jardín de la mansión, viendo cómo Mateo y Lucía, ahora de diez años, corrían persiguiendo a nuestro perro, un Golden Retriever llamado “Justo”.
Mateo tenía la inteligencia analítica de su abuelo. Lucía tenía mi temperamento y mis ojos. Eran niños felices, rodeados de amor, arte y cultura. Nunca les mentí sobre su padre, pero esperé el momento adecuado.
Esa tarde, Mateo se acercó, sudoroso y jadeante. —Mamá, en el colegio un niño dijo que mi papá está en la cárcel porque era malo. ¿Es verdad?
Sentí una punzada en el pecho, pero estaba preparada. Les hice señas para que se sentaran a mi lado en el banco de piedra. —Vuestro padre… —empecé, buscando las palabras—, fue un hombre que se perdió. Quería cosas, cosas materiales, más de lo que quería a las personas. Y cuando uno ama más al dinero que a su familia, comete errores terribles. Sí, está en prisión porque hizo daño a gente. Me hizo daño a mí. Pero vosotros no sois él.
Lucía me miró con seriedad. —¿Él nos quería? —Él no sabía querer, Lucía. Esa es su tragedia, no la vuestra. Vosotros sois fruto de mi fuerza, no de su debilidad. Tenéis mi sangre, la sangre de vuestro abuelo De la Vega, y sobre todo, tenéis vuestro propio corazón.
Los abracé. Ya no había miedo. Rodrigo había muerto en prisión hacía dos años, en una pelea por una deuda de juego. Nadie reclamó el cuerpo. Bernarda seguía viva, pero su mente se había ido; la demencia senil la había atrapado en un bucle donde revivía sus días de gloria, sola en una celda acolchada.
Sofía salió tras cumplir parte de su condena, pero nadie quiso contratarla. La última vez que supe de ella, trabajaba limpiando mesas en un bar de carretera en la costa, envejecida y amargada. El destino, al final, puso a cada uno en su sitio.
Yo no me volví a casar. Tuve amantes, sí, hombres buenos que entendían mi independencia y respetaban mi pasado, pero mi corazón estaba completo con mis hijos y mi misión. Había creado una fundación para mujeres en riesgo de exclusión y víctimas de violencia doméstica. Usaba mi experiencia y mi fortuna para darles a otras las herramientas que yo tuve que forjar en la oscuridad.
El Dr. Salazar, ya retirado, venía todos los domingos a comer paella. Era la única figura paterna que mis hijos necesitaban.
Esa tarde, mientras el sol se ponía pintando el cielo de Madrid de tonos violetas y naranjas, miré mi reflejo en la puerta acristalada del salón. Vi las arrugas finas alrededor de mis ojos, marcas de risas y de preocupaciones, marcas de vida.
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