Recordé el pitido del monitor. Pi… pi… pi… Aquel sonido que marcó mi fin, fue en realidad mi comienzo.
Me levanté y llamé a los niños. —¡A cenar! Hoy he hecho yo el postre. —¡No serán tus galletas quemadas! —bromeó Mateo corriendo hacia la casa. —¡Respeto a la chef! —grité riendo.
Entré en la casa, cerrando la puerta tras de mí. La casa estaba cálida, iluminada, viva. Y por fin, totalmente mía.
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