En el décimo cumpleaños de Diego, el salón comunitario olía a chocolate y globos recién inflados. Yo, Marta Álvarez, había pasado la tarde sirviendo refrescos y sonriendo como si nada, aunque por dentro me ardía el miedo de que Javier, mi marido, volviera a perder la paciencia delante de todos. Diego soplaba las velas mientras sus compañeros gritaban “¡Que cumpla muchos más!”, y yo intentaba fijar la vista en su cara feliz para no pensar en la cuenta del alquiler ni en la tarjeta al límite.
Javier estaba junto a la puerta, impecable con su camisa planchada, el ceño apretado como un nudo. No aplaudió; solo miraba el móvil, tecleando con una ansiedad que me resultaba conocida. Cuando Diego terminó, se acercó a mí y, sin disimular, me susurró entre dientes:
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