El restaurante La Ribera, en el centro de Valencia, estaba lleno aquella noche de sábado. Habíamos ido a celebrar el aniversario de bodas de mi hija Clara y su marido, Daniel. Yo, Marta Álvarez, había aceptado la invitación con la esperanza de que, al menos por unas horas, las tensiones quedaran fuera de la mesa. Desde hacía meses notaba a Clara apagada, nerviosa, siempre justificando a Daniel con frases cortas y una sonrisa forzada.
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