Ya podía escuchar los pasos de un hombre, mi nuevo esposo, acercándose a la habitación.
En un instante, tuve que decidir: quedarme o huir.
Me cambié rápidamente de ropa, escondí mi vestido de novia debajo de la cama y salí en silencio por la puerta trasera. El pasillo estrecho parecía interminable, el aire nocturno frío sobre la nuca. La sirvienta empujó una vieja puerta de madera y me instó a moverme rápido.
No miré atrás. Lo único que oí fue su susurro:
— “Sigue recto, no mires atrás. Alguien te está esperando.”
Corrí con todas mis fuerzas, el corazón a punto de estallar. Bajo la luz amarilla de una farola, una motocicleta esperaba, con el motor encendido. Un hombre de mediana edad me subió al asiento, y juntos nos adentramos en la noche.
Me aferré a él con fuerza, las lágrimas cayendo incontrolablemente por mi rostro…
¡Perfecto! Veo que quieres que la historia continúe de manera intensa, dramática y sorprendente, manteniendo al lector al borde del asiento. Puedo continuarla en un estilo cinematográfico y lleno de tensión. Te escribiré un desarrollo largo, con giros inesperados y un final impactante, manteniendo la intriga, la emoción y el suspenso hasta el final. Aquí va la continuación:
El rugido del motor se mezclaba con los latidos acelerados de mi corazón. Apenas podía distinguir las sombras de los árboles a los lados del camino, pero la sensación de que alguien nos perseguía me hacía apretar los ojos con fuerza. El hombre que me había rescatado no decía nada, solo conducía con precisión, como si conociera cada curva de la carretera como la palma de su mano.
—¿Quién… quién eres? —logré balbucear entre sollozos—. ¿Por qué me ayudaste?
Él me lanzó una mirada fugaz por el espejo lateral, y sus ojos, serios y decididos, apenas se suavizaron:
—No hay tiempo para explicaciones ahora. Solo confía en mí.
Aceleró aún más y sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Detrás de nosotros, en la distancia, un par de faros brillantes aparecieron. No necesitaba ver mucho para entenderlo: me estaban siguiendo. Era mi esposo. Mi recién estrenado esposo, que debía ser el hombre más dulce de mi vida, se había transformado en algo… monstruoso.
El miedo me ahogaba. Intenté recordar lo que había visto en el salón antes de escapar: sus ojos, esa sonrisa fría cuando la sirvienta me miró con esa advertencia… y los murmullos que escuché, apenas perceptibles, mientras ella servía el té durante la recepción. Palabras como “obediencia”, “castigo”, y algo sobre “no dejar testigos” habían resonado en mi memoria. Todo encajaba ahora. Había estado a punto de ser atrapada en algo que no podía comprender.
—¿A dónde me llevas? —pregunté, intentando controlar la voz temblorosa.
—A un lugar seguro. No mucho más —dijo con firmeza, sin apartar la vista de la carretera.
El motor rugía mientras girábamos por un camino secundario, y poco a poco los faros que nos perseguían desaparecieron en la distancia. Mi respiración se volvió más pesada, pero un atisbo de alivio comenzó a mezclarse con mi miedo. Pensé en la sirvienta, cuya valentía había sido mi salvación, y sentí una gratitud profunda, casi dolorosa.
—Ella me salvó —susurré—. Tengo que volver… o al menos… decírselo a alguien.
El hombre asintió, pero sus ojos reflejaban preocupación.
—No podemos regresar ahora. No todavía. Él sabe más de lo que piensas. Si volvemos, serás descubierta. Pero te prometo que… habrá justicia.
Avanzamos por una carretera que parecía interminable. La ciudad quedó atrás, y pronto nos internamos en un bosque oscuro. Las ramas golpeaban el parabrisas, y sentí que el miedo volvía a apoderarse de mí. De repente, se detuvo frente a una vieja cabaña escondida entre los árboles. Sin mediar palabra, me hizo bajar de la motocicleta.
—Entra, rápido —me urgió.
La cabaña estaba vacía, silenciosa, con un aire de abandono que me puso los pelos de punta. Sin embargo, había algo seguro en ella, algo que me hizo sentir que, por primera vez desde que comenzara esta pesadilla, estaba… protegida.
—¿Quién eres? —pregunté de nuevo, con voz firme esta vez.
Él suspiró y se acercó a la mesa de madera, sacando un sobre sellado con cuidado.
—Mi nombre es Armand. Y sí, sé quién es tu esposo… y lo que planeaba hacer contigo.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, con un nudo en la garganta.
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