Esa noche, cuando el último invitado se marchó y el hotel quedó en silencio, me permití un capricho. Me llamo Lucía Navarro, tenía veintiocho años y acababa de casarme con Álvaro Ríos, el hombre que —según todos— me había “salvado” de una vida de alquileres caros y trabajos temporales. Con el velo aún enganchado en el moño, me agaché riéndome y me deslicé bajo la cama de la suite nupcial. Era mi broma tonta de despedida: asustarlo un poco, una última travesura antes de “ser esposa” en serio.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.
