El colchón olía a detergente y a rosas marchitas. Desde allí veía el suelo brillante, las patas de la mesita y mis zapatos tirados como dos confesiones. Afuera, el pasillo crujió. La puerta se abrió con esa queja lenta de madera vieja. Escuché la voz de Álvaro, cálida, con esa ternura que había usado todo el día: “Mi amor, ya estoy aquí”.
Me tapé la boca para no soltar la risa, esperando el momento perfecto. Pero entonces, otra voz entró en la habitación como una corriente fría: la de Carmen Ríos, mi suegra. No había oído que subiera con él. Sus tacones avanzaron sin prisa, seguros, como si la suite también fuera suya.
—¿Ya se lo has dado? —susurró, y el susurro sonó como una orden.
Álvaro soltó un suspiro, cansado, distinto al de la ceremonia. —Ya lo ha bebido. Está a punto de quedarse dormida.
Mi piel se erizó. “Lo” era la copa de cava que él me ofreció antes de subir, brindando por nosotros en el ascensor. Había notado un sabor raro, metálico, pero lo atribuí a los nervios y a las lágrimas. Tragué saliva. Bajo la cama, el aire se volvió pequeño.
Los pies se detuvieron a centímetros de mi cara. Vi el brillo de los zapatos negros de Álvaro y las sandalias beige de Carmen.
—Bien —dijo ella—. Cuando esté inconsciente, trae los papeles. Mañana por la mañana se despertará… y sin nada en las manos.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas. Mis dedos buscaron mi móvil en el liguero por instinto, y la pantalla se encendió, traicionera, con un destello azul que se reflejó en el suelo. En ese instante, el silencio cambió de peso; las sandalias de mi suegra giraron lentamente hacia el borde de la cama, como si hubiera visto la luz.
No podía moverme sin hacer ruido, y además el cuerpo empezaba a traicionarme: el cava me pesaba en la sangre como si llevara horas bebiendo. Cerré los ojos y respiré por la nariz, lenta, intentando parecer dormida incluso allí abajo. Carmen se agachó. Vi su mano buscar a tientas el borde del cubrecama y levantarlo apenas un palmo.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó.
Álvaro carraspeó. —Nada. La lámpara del pasillo… quizá.
La tela volvió a caer. Aproveché ese segundo para poner el móvil en modo grabación. Lo hice casi sin mirar, con el pulgar, mientras mi mente repetía: “No te duermas, Lucía. No te duermas”. En la grabación quedó el roce de mi respiración y, enseguida, la voz de Carmen, nítida.
—Mira, hijo, esto tiene que quedar firmado hoy. Tu padre ya dejó listo el documento. Si mañana amanece con resaca, ni leerá. Firma, huella y listo. Te quedas con el piso, con la cuenta conjunta y con la empresa a tu nombre.
—Ya lo sé —respondió él, más bajo—. Pero no exageres. Ella confía en mí.
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