Entré en el salón el día de mi cumpleaños número setenta con un hematoma oscuro ardiendo bajo mi ojo izquierdo. El maquillaje no logró ocultarlo. La música se detuvo, las risas murieron en seco y el silencio cayó como una losa. Alguien murmuró en voz baja: “¿Qué te pasó, mamá?”. Yo abrí la boca para responder, pero mi hijo mayor, Carlos, habló antes de que pudiera hacerlo.
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