Era un espacio inmenso, saturado por el olor de flores marchitas y el murmullo sordo y excitado de miles de familias que esperaban el comienzo de la ceremonia. Se suponía que era mi día de honor: yo, Anna, era la primera de la promoción, la culminación de cuatro años de noches en vela, de estudio feroz y de una ambición ardiente por demostrar mi valor. Pero para mis padres, mi éxito no era una fuente de orgullo; era una oportunidad desperdiciada, un recurso que había que explotar en beneficio de mi hermana.

Mis padres siempre habían favorecido a mi hermana pequeña, Maya. Maya era la guapa, la encantadora, la que tenía dificultades en la escuela pero encarnaba sin esfuerzo el tipo de éxito superficial y social que ellos deseaban desesperadamente. Yo era la discreta, la inteligente, la que traía a casa premios escolares que ellos trataban como baratijas extrañas e inútiles.

La exigencia, explosiva, que iba a trastornar mi mundo cayó sin preámbulos, sin la menor incomodidad.
«Escucha, Anna —dijo mi padre con una voz dura, autoritaria—. Tenemos que hablar del discurso. Maya lo necesita. Déjala subir al escenario y recibir el título de primera de la promoción. Ella leerá el discurso que tú has escrito. Nadie notará la diferencia. Ella necesita ese momento, esa línea en su currículum, para conseguir un mejor trabajo.»

Me quedé mirándolos, la mente incapaz, por un instante, de procesar tal audacia, una crueldad tan profunda. Querían que renunciara a mi mayor logro, al momento más importante de mi joven vida adulta, y que se lo diera a mi hermana como si fuera un vestido ya usado.

«No», dije, esa pequeña palabra cortante lanzada al aire espeso y húmedo. «No, papá. Es mi logro. Me lo he ganado.»

El rostro de mi padre, que hasta entonces mostraba una expresión de negociación severa, se deformó bajo una cólera súbita, volcánica. Gritó, su voz convirtiéndose en un sonido bruto, feo, que atrajo de inmediato la atención sorprendida de los estudiantes y profesores cercanos.
«¡He pagado tus estudios, maldita desagradecida! ¡Cada centavo! ¡Se lo debes todo a esta familia! ¡Se lo debes a tu hermana!»

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