Sonreí.
—No.
Un murmullo recorrió el salón.
Respiré hondo y continué, con la voz firme:
—No acepto a Jason Miller como mi esposo porque hace una hora lo escuché decirle a su mamá que no me ama, que solo quiere mi dinero.
Se escucharon jadeos.
Susurros.
Celulares levantándose.
Jason se quedó helado.
—Emily, ¿qué estás haciendo? —susurró, ya sin sonrisa.
Me giré hacia los invitados.
—Todo lo que tengo me lo gané sola. Mi carrera, mi casa y esta boda la pagué yo. Creí que me iba a casar con un compañero, no con alguien que me veía como un negocio.
Linda se levantó, pálida.
—Esto es un malentendido…
—No —la corté—. Fue bastante claro.
Jason intentó tomarme la mano.
—Por favor, hablemos en privado.
La retiré.
—¿Como hablaste en privado de usarme?
El juez dio un paso atrás, sin saber qué hacer.
El ambiente estaba pesado. Real.
Jason perdió la máscara.
—Estás arruinando todo —me escupió—. ¿Sabes lo ridícula que te ves?
Solté una risa suave.
—No, Jason. Nunca había estado tan despierta.
Saqué un documento doblado de mi ramo.
—Ah, y por cierto. Cambié el acuerdo prenupcial la semana pasada.
Separación total de bienes.
Sin derechos.
Sin excepciones.
Linda se dejó caer en su asiento, llevándose la mano al pecho.
Jason palideció.
—Me engañaste —dijo.
—No —respondí—. Tú solito te exhibiste.
Me volví a los invitados.
—Perdón si esperaban una boda. Pero a veces, lo más valiente es irse… aunque sea frente a todos.
Le entregué el ramo a mi dama de honor y caminé hacia la salida.
Sin drama.
Sin música.
Solo el sonido de mis tacones alejándose.
Afuera, el aire se sentía ligero.
Por primera vez en meses, podía respirar.
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