Pero la reacción de Javier no fue lo que esperaba. Cuando le di la noticia, no sonrió. Se quedó en silencio, rígido, como si mi victoria fuese una amenaza. Pensé que necesitaba tiempo para asimilarlo… Hasta que, al día siguiente, apareció en nuestra casa su madre, Isabel, una mujer de carácter duro que nunca había aprobado nuestro matrimonio.
—Ese dinero pertenece a la familia —dijo sin preámbulos—. Javier lo necesita para empezar de nuevo, y tú, Lucía, no sabrías administrarlo.
Intenté explicarle mis planes, pero no escuchó. Ella insistió en que debía transferirle el premio para “proteger el futuro del bebé”. Javier, distante y tenso, lo confirmó con un simple gesto.
Me negué. Por primera vez en mucho tiempo, me escuché a mí misma con claridad: ese dinero salvaría mi vida y la de mi hijo.
La reacción de Javier fue inmediata. Su rostro se oscureció y empezó a gritarme, acusándome de egoísta y desagradecida. Retrocedí, sintiendo que tenía frente a mí a un desconocido. Cuando intenté alejarme, su mano voló más rápido de lo que pude anticipar. El golpe me lanzó hacia atrás, chocando contra la mesa. Sentí un dolor agudo recorrerme el vientre.
Y entonces lo noté.
Un calor repentino entre mis piernas.
Mi respiración se quebró.
Mi agua había roto.
Isabel me miró con los ojos muy abiertos. Javier dio un paso atrás.
Pero lo peor aún estaba por llegar…
El dolor me atravesó con una intensidad que jamás había imaginado. Me apoyé como pude en la pared, intentando mantenerme en pie. Las contracciones eran rápidas, desordenadas, demasiado fuertes para aquel punto del embarazo. Javier caminaba de un lado a otro, murmurando incoherencias sobre el dinero, mientras su hermana pequeña, Marta, sacaba el móvil y empezaba a grabar.
—Esto lo va a ver medio país —se burló—. A ver si así aprendes.
Quise arrancarle el teléfono, pero mi cuerpo ya no me respondía. Grité que llamaran a una ambulancia, pero mis súplicas chocaban contra su indiferencia. El miedo se mezclaba con un pensamiento recurrente: estaba sola.
De repente, Javier se agachó, no para ayudarme, sino para coger mi bolso. Sacó mi libreta bancaria con manos temblorosas.
—Lo firmarás ahora —escupió—. No vas a arruinar nuestras vidas por un capricho.
Intenté empujarlo, pero otra contracción me dobló en dos. Isabel, por fin consciente de la gravedad, levantó la voz:
—¡Javier, para! ¡Lucía se está poniendo de parto!
Él se detuvo, pero no para ayudarme. Se apartó, nervioso, sin dejar de mirarme como si yo fuera la causa de todo lo que le había salido mal. Yo ya no podía más. Apenas podía respirar.
Finalmente, un vecino escuchó mis gritos y llamó al 112. Cuando los sanitarios entraron corriendo, sentí el primer alivio real. Me tomaron la tensión, me estabilizaron y me subieron a la camilla mientras Javier les exigía que esperaran porque “faltaban papeles por firmar”.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.