Una mujer fuerte, de carácter duro, voz firme y mirada afilada. Doña Teresa había criado sola a su hijo desde que enviudó. No era una suegra dulce, pero era justa. Y respetaba profundamente a Mariana.
—Te veo pálida, hija —le dijo un día—. Ese muchacho no anda bien.
Mariana sonrió débilmente.
—Son cosas mías, suegra.
Doña Teresa no insistió. Pero observó.
Una noche, Iván no volvió.
Mariana pasó la madrugada sentada en el sillón, abrazando su vientre, esperando una llamada. A las seis de la mañana, Iván entró, oliendo a perfume dulce, con la camisa arrugada.
—¿Dónde estabas? —preguntó ella, con la voz rota.
Iván suspiró, fastidiado.
—No empieces. Estoy cansado.
No hubo disculpas.
Días después, Mariana encontró un cabello largo y rubio en el asiento del copiloto del coche. Ella era morena.
Esa noche, lloró en silencio en el baño.
Pero lo peor aún no había llegado.
Un sábado por la tarde, Iván llegó a la casa acompañado.
—Mamá, Mariana… les presento a Valeria.
Valeria era joven, maquillada, con ropa ajustada y una sonrisa insolente. Mariana sintió que el mundo se le venía encima.
—¿Quién es ella? —preguntó, temblando.
Iván habló como si estuviera anunciando el clima.
—Va a quedarse unos días. Las cosas entre tú y yo ya no funcionan.
Mariana se llevó la mano al vientre.
—Estoy embarazada, Iván…

Valeria soltó una risa suave.
—Ay, qué drama.
Doña Teresa apareció desde la cocina. Observó la escena sin decir nada. Sus ojos pasaron de Iván a Valeria… y se detuvieron en Mariana.
—¿Qué significa esto? —preguntó, fría.
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