Doña Teresa la abrazó.
—Aquí nadie te va a correr, hija. Esta casa ahora es tuya… y de ese bebé.
Los días siguientes fueron difíciles, pero tranquilos. Iván no volvió. Mandó mensajes pidiendo dinero. Doña Teresa los ignoró.
Un mes después, Iván regresó.
Flaco. Desaliñado. Solo.
Valeria lo había dejado.
—Mamá… me equivoqué —dijo, de rodillas.
Doña Teresa lo miró desde la puerta.
—Sí. Y ahora vive con eso.
—Mariana… —suplicó él—. Déjame ver al bebé cuando nazca.
Mariana apareció detrás de Doña Teresa. Su vientre estaba grande, firme. Su mirada, fuerte.
—Mi hijo no va a crecer viendo a un hombre que abandonó a su madre —dijo con calma.
Iván lloró.
—Soy tu esposo…
—Fuiste —respondió ella.
Doña Teresa cerró la puerta.
Meses después, Mariana dio a luz a un niño sano. Doña Teresa estuvo ahí, sosteniéndole la mano.
Iván nunca volvió a entrar.
Y en el barrio se decía una cosa clara:
Puedes traicionar a tu esposa…
pero nunca humilles a una mujer embarazada en la casa de una madre que sabe lo que vale.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.