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Fui chofer de CANTINFLAS y esa NOCHE descubrí algo que NO podía CREER…

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Me acerqué a la zona del edificio. No me metí en la misma calle. Claro. Di vuelta unas cuadras antes y me estacioné detrás de un camión repartidor desde donde se veía la fachada de lejos. El cielo empezaba a aclarar. Ese gris de antes del amanecer. El edificio se veía igual que siempre. gris, cuadrado, sin chiste, pero había más movimiento que la vez anterior. Camionetas sin rótulos, un par de coches oficiales, hombres de saco entrando y saliendo, algunos con portafolios, otros con cara de pocos amigos.

Apagué el motor, bajé un poco la ventanilla y me quedé viendo. No buscaba a nadie en específico, pero mi corazón se aceleraba cada vez que se abría la puerta. Quería ver salir a Mario. Hasta me lo imaginaba bajando la escalinata, acomodándose el saco, con esa forma suya de caminar. No salió. Vi entrar y salir a varios tipos de traje, policías de civil, uno que otro empleado que traía cara de no entender nada. Estuvieron ahí un buen rato.

Se gritaban entre ellos, señalaban hojas, fumaban en la banqueta. Luego, poco a poco, las camionetas se fueron yendo. Las luces interiores se apagaron. El edificio volvió a verse como cualquier otro. Yo seguí ahí. El sol ya se estaba asomando, pintando las azoteas de anaranjado. En ningún momento lo vi salir por la puerta frontal. No sé si se fue por otra salida, si se quedó adentro encerrado con sus broncas, si lo sacaron en otro coche por la cochera.

No lo sé. Y aunque hubiera querido bajarme a preguntar, sabía que ahí es donde la gente desaparece por andar de curiosa. Encendí el motor de nuevo, me di la vuelta despacio y me fui rumbo a mi casa. En el camino, la ciudad ya estaba despierta de verdad. Niños con mochilas, señoras barriendo, puestos de tamales con fila. Nadie tenía idea de lo que había pasado mientras dormían. Llegué a mi casa, me estacioné como siempre. Entré con las llaves en la mano.

Mi esposa ya estaba haciendo café. ¿Todo bien? Me preguntó como si fuera un día cualquiera. Yo traía la imagen del edificio en la cabeza, la voz de Mario en la caseta, la frase el mío ya estuvo dando vueltas. Quise decirle todo, que no, que nada estaba bien, que allá afuera un hombre que todos creían payaso se estaba jugando la vida por una muchacha que ni conocía, pero solo alcancé a decir, “Sí, solo fue una noche pesada. Me senté a la mesa, agarré la taza, pero el café me sabía a tierra.” Por dentro, otra frase se me había quedado pegada, clavada como espina.

Cuida tú el camino. El mío ya estuvo. Ese día supe que aunque lo volviera a ver y lo volví a ver después, algo se había cerrado esa noche, algo entre él y esa gente de arriba, algo que no saldría nunca en los periódicos. Y aunque no hubo balazos en la calle, ni sirenas ni noticias al día siguiente, yo quedé con la certeza de que ese edificio gris se había tragado una parte de él que ya no regresó.

A los 85 años uno ya no anda quedando bien con nadie, ni con la familia, ni con los vecinos, ni con la historia. Lo único que a mí me preocupa ahora es no irme con esto atorado en el pecho. Por eso hablo no para armar chisme ni para hacerme interesante. Hablo porque ya no me quiero llevar este silencio a la tumba. Después de aquella noche del edificio, mi vida siguió, digamos, normal, comillas grandes, porque ya nada se siente normal después de ver lo que vi.

Pero la rutina regresó. manejar, llevar y traer, esperar en elar coche. Ver cómo el mundo sigue girando, aunque uno por dentro se haya quedado atorado en un minuto. Del señor Mario oficialmente no se dijo nada raro. Siguió saliendo en películas, en eventos, en fotos, en periódicos. Eso fue lo que me confundió más al principio. Yo pensaba que esa noche lo habían matado o encerrado, pero no. Al poco tiempo lo vi otra vez subirse al coche. Fue una mañana, como dos semanas después, yo estaba en la cochera limpiando el tablero.

Cuando lo vi venir caminando desde el fondo, traía el mismo paso de siempre, pero algo le colgaba distinto en la mirada. No sé explicarlo. Como si hubiera envejecido de golpe. “Listo, Julián”, me dijo como si nada. Siempre Mario contesté como si nada. Se subió, cerró la puerta, se acomodó. Lo empecé a sacar de la cochera. Íbamos en silencio. Yo me moría de ganas de preguntarle qué había pasado esa noche, pero también me daba miedo saber la respuesta.

Al final él fue el que habló primero. Te enojaste conmigo, ¿verdad?, me dijo. Pues me dejó con la culpa. Le solté de irme y dejarlo ahí arriba. Asintió despacio. Era parte del trato. Dijo. Uno se queda, otros salen. Así es este juego. ¿Y cómo salió usted? Pregunté. Porque yo lo vi. Bueno, no lo vi salir. Se rió bajito, sin ganas. Los que mandan no siempre quieren matar, dijo. A veces les conviene más tenerte vivo, pero callado. Hubo regaños, hubo amenazas, hubo te conviene no meterte más en lo que no te importa.

Hizo una pausa. No les gusta que alguien como yo se meta en sus cosas. No tanto por lo que hago, sino porque la gente me escucha. Yo apreté el volante y ya no se va a meter, pregunté sabiendo la respuesta. ¿Tú qué crees?, dijo mirándome por el retrovisor. No hizo falta decir más. Desde entonces entendí que esa noche no fue la única, ni la primera ni la última. Fue solo una más de tantas veces en que él se metió donde nadie le pedía, a favor de gente que ni siquiera lo conocía.

 

 

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