No siempre era tan fuerte el asunto, claro, pero sí era la misma idea, usar su nombre, su dinero, su tiempo para estorbarle tantito a los que abusan. Con los años yo fui viendo cosas que nunca salieron en ningún lado, casas como la que llevé a la muchacha, pero en otros rumbos. Gente que subía al coche llorando y bajaba en otro país. Llamadas raras, reuniones con el del sombrero y con otros como él que trabajaban en la sombra.
Y también vi lo que le costaba. Amenazas, presiones, noches sin dormir, silencios largos en el asiento de atrás. Un día, ya más entrado en años, me lo dijo sin rodeos. Julián, yo sé que a veces parece que ando en cosas malas y no te voy a mentir, a veces tengo que hacer tratos feos, juntar con gente que ni yo mismo quisiera saludar, pero si no lo hago, ¿quién va a detenerlos tantito? ¿Quién les va a decir hasta aquí?
Yo no supe qué contestar, solo atiné a decirle, “No más, no se pierda usted, Mario.” Él se quedó viendo por la ventana. Uno se empieza a perder desde que acepta callarse, dijo. Por eso hablo donde debo, no en todos lados, pero donde sirve. Con el tiempo, mi cuerpo dijo, “Hasta aquí. La rodilla, la espalda, los ojos. Ser chófer ya no era tan fácil. Me jubilé, por decir lo bonito. Él me dio más de lo que merecía, dinero, apoyo y algo que vale más que eso.
Su confianza. Tu viste cosas que nadie vio”, me dijo el último día que manejé. Podrías vender historias a cualquiera y yo sé que no lo vas a hacer. Eso no tiene precio. Tenía razón. Muchos hubieran pagado por saber chismes, por enterarse de cosas, pero lo que yo vi no eran chismes, eran vidas colgando de un hilo. Y si uno juega con eso por dinero, se vuelve parte del problema, no de la solución. Los años siguieron. Él se fue haciendo viejo.
Yo también. Luego llegó la noticia de su muerte. Ya saben cuál. Esa sí salió en todos lados. Todo México llorando al comediante, al artista, al ídolo. Yo lloré al patrón, al amigo, al hombre que se quedó con un sobre falso esa noche para que una desconocida llegara viva a una casa donde nadie la iba a entregar. En su funeral, la gente hablaba de sus películas, de sus chistes, de sus premios. Yo, parado atrás, no más pensaba en sus silencios, en sus noches sin cámaras, en la frase que me mandó por mensaje aquella madrugada.
No fui santo, pero tampoco fui cobarde. Hoy, viejo, ya, sentado en esta silla dura, digo lo que tengo que decir. Sí, yo vi cosas malas. Lo vi entrar a colonias peligrosas de noche. Lo vi juntarse con mind que daban miedo. Lo vi cargar maletas negras. Lo vi discutir con políticos en edificios sin nombre. Si uno lo mira de lejos, fácil dice, este señor andaba en algo raro. Pero también vi lo que nadie vio a quién ayudaba. Lo vi pagar operaciones de niños que nunca supieron quién les salvó la vida.
Lo vi sacar mujeres de casas donde les pegaban. Lo vi mover tierra y cielo para que una muchacha con un sobre acabara en una fosa. Lo vi recibir amenazas y seguirle. Lo vi cansado, harto, pero nunca indiferente. Perfecto. No tenía su carácter, sus errores, sus culpas. No era santo, como él mismo dijo, pero cobarde, eso sí que no. Por eso hablo, porque no quiero que cuando se recuerde su nombre se queden nada más con el sombrero, el bigote y el chiste.
Quiero que sepan que también hubo un hombre detrás que se metía en broncas por otros, en secreto, sin cámaras, sin aplausos. Y si alguien viene a decirme eso no es cierto, eso no está en los libros, yo les voy a responder tranquilo. No está en los libros, está en mi memoria. Yo manejé el coche, yo estuve ahí. Yo vi cómo se bajó con un sobre vacío y cómo nos dejó ir con la parte viva de esa historia.
Ya me voy haciendo, viejo. De verdad, no sé cuántas mañanas me queden, pero si hoy me tocara irme, me iría más ligero, sabiendo que ya lo dije. Mario Moreno no fue solo el que hacía reír en el cine, también fue el que se jugó la vida para que otros pudieran seguirla.
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