No diario, pero ya eran parte del calendario que no se escribía en ninguna agenda. A mí me avisaban siempre igual. Hoy en la noche se ocupa y yo ya sabía lo que significaba. Tanque lleno, ventanas limpias y la mente despierta. En esas noches empecé a ver más seguido al del sombrero gris. Nunca supe su nombre. Si lo dijeron, no lo retuve. Para mí siempre fue el del sombrero. Era de esos hombres que no necesitan gritar para imponer.
Caminaba tranquilo, pero se notaba que donde se paraba mandaba. Una noche, como a media semana, me dijeron que pasara por el señor Mario a una reunión de trabajo importante. Cuando me lo dijeron, usaron esa palabra con un tono raro. Importante, no como de película ni entrevista, importante de otro tipo. Lo recogí y lo llevé a un edificio viejo en una colonia donde había más cables colgando que árboles. No era un lugar donde uno esperaría ver a un artista famoso.
Se bajó rápido, sin traje, solo con saco sencillo y camisa abierta del cuello. Antes de bajar me dijo, “No apagues el motor y no te duermas.” Asentí. Él entró al edificio y yo me quedé en la calle viendo quién entraba y quién salía. Pasó como una hora. Yo ya estaba inquieto. No me gusta estar parado tanto tiempo en lugares donde la policía no entra si no es en bola. En eso vi llegar al del sombrero gris. Venía con otros dos más jóvenes con cara de que no les importaba nada.
No hicieron escándalo. Entraron como si fueran a su casa. Yo bajé la mirada para que no me tomaran de curioso. Pasaron unos minutos y salieron de nuevo. El del sombrero se acercó a mí. “Tú, el chóer”, me dijo. Me puse derecho en el asiento. “Sí, señor. Ahorita va a bajar el licenciado.” Así le dijo a Mario. El licenciado. Cuando se suba, te sigues derecho y esperas instrucciones. No te pares hasta que él te diga. Entendido, respondí. Me dio una palmada en el cofre como probando el coche y se fue a fumar a la esquina.
Al poco rato salió el señor Mario. Venía serio, pero no asustado. Se subió, cerró la puerta, miró por la ventana y dijo, “Arráncate. Yo obedecí.” A los pocos metros, él agregó, “No des la vuelta a la derecha como siempre. Hoy vamos a otro lado. Me dio una dirección en voz baja. Mientras manejaba, vi por el retrovisor que el del sombrero se había subido a otro coche y venía detrás de nosotros, no muy pegado, pero claro que nos seguía.
Después de unos 15 minutos de dar vueltas, llegamos a una calle empedrada con casas viejas de puertas altas. Mario me dijo, “Párate aquí, pero no apagues el coche.” Se bajó sin esperar respuesta, caminó hasta una puerta azul, tocó fuerte y esperó. Yo desde el coche veía nada más una parte. La puerta se abrió y apareció una señora mayor. Hablaron rápido, se movieron hacia adentro y luego salió otra figura. Era una muchacha joven, tendría unos 20 o 22 años.
Traía una bolsa chica colgando y un suéter delgado, aunque hacía frío. Tenía la cara hinchada como de tanto llorar. Mario puso una mano en su hombro. Ella dudó en dar el paso, pero al final salió. Los vi caminar hacia el coche. La muchacha volteaba hacia los lados como si esperara que de alguna esquina saliera alguien a jalarla de vuelta. Mario le abrió la puerta de atrás. “Súbete”, le dijo suave. Él es de confianza. Ella subió despacio, casi arrastrando los pies.
Se sentó y se pegó a la puerta contraria, como queriendo estar lo más lejos posible de todos. Yo no pude quedarme callado. Buenas noches dije sin voltear mucho. Ella apenas murmuró algo que sonó a buenas. Mario se subió adelante y ordenó. Vámonos. ¿A dónde? Pregunté. Me dio una dirección que no conocía. No era ni su casa, ni el estudio, ni el teatro, ni ninguna de las rutas de siempre. Apenas avanzamos, la muchacha preguntó con voz baja. Allá también están ellos.
Mario la miró por el espejo. No, allá no. Es que si me regresan, ya no salgo. Dijo casi en susurro. Esa frase me cayó como piedra. Si me regresan, ya no salgo. Yo no sabía exactamente qué quería decir, pero no sonaba a regaño ni a despido. Sonaba amenaza de esas que no se escriben en papel. Nadie te va a regresar, le aseguró Mario. Mientras estés conmigo. No, yo manejaba, pero mi cabeza ya iba a 1000 por hora.
¿Quiénes eran ellos? ¿Y por qué no podía regresar? ¿Y qué pintaba mi patrón en todo eso? Vi por el espejo al coche del sombrero. Cris seguía detrás. No nos rebasaba, no se alejaba, solo venía. La muchacha se echó hacia adelante un poco. ¿Y él quién es?, preguntó señalándome con la barbilla. Es mi chófer, respondió Mario. Es familia de este lado. No te preocupes, familia. Esa palabra me dio orgullo, pero también me metió el problema, aunque yo no quisiera.
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