De repente, Mario se inclinó hacia mí. Julián, si ves que ese coche de atrás se te pega demasiado, haces lo que tengas que hacer, pero no te paras, ¿eh? ¿Qué es demasiado? Pregunté nervioso. Lo vas a sentir, dijo. No me gustó la respuesta, pero tenía razón. Uno siente cuando algo ya no es normal. La muchacha atrás empezó a llorar quedito con la cara tapada. Yo quería decirle algo, aunque fuera una tontería, pero no se me ocurrió nada.
¿Qué le dice uno a alguien que tiene miedo de no volver a salir? Solo atiné a bajar un poco la velocidad para esquivar un bache y en eso me di cuenta. El coche del sombrero ya no estaba solo. Más atrás venía otro sin placas. con las luces medio apagadas. Ahí supe que esto ya no era una simple vuelta rara y que la muchacha no era invitada. Era alguien que no podía regresar porque si regresaba la historia se acababa para siempre.
La calle se empezó a sentir más chica, aunque fuera la misma de siempre. Cuando uno sabe que lo vienen siguiendo, cualquier esquina parece trampa. Yo veía el retrovisor cada 2 segundos. Primero el coche del sombrero gris, luego el otro más atrás, sin placas, con sin sot, las luces medio escondidas. Mario notó mi tensión. Tranquilo, Julián, dijo. Si te pones duro del volante, te vas a equivocar. Fácil decirlo. El que traía a la muchacha y al coche era yo.
Ella desde atrás preguntó. ¿Son ellos? Su voz tembló en ellos. Mario no respondió de inmediato. Miró por la ventana como calculando. Todavía no dijo al fin. Pero ya saben que no estás donde deberías estar. Eso me eló la espalda. Donde deberías estar. O sea, en otro lado, en una oficina, en una casa, en un sótano. Tomé una avenida más ancha. Quise mezclare con el tráfico, pero a esa hora ya no había tanto. Peor tantito. Era más fácil que nos ubicaran.
Mario, me animé. Si anda en algo peligroso, dígamelo claro. Pa, saber a qué le tiro. Él soltó aire por la nariz. No de risa, de cansancio. Lo único que necesitas saber, Julián, es que no te estoy metiendo en algo mío, sino en algo que no debería existir. Yo fruncí el seño. ¿Cómo? ¿Algo que no debería existir? Antes de que contestara, la muchacha habló casi con coraje contra sí misma. Por mi culpa dijo. Es por mi culpa. Mario volteó a verla.
No es por tu culpa, es por lo que ellos hicieron. Tú solo no te quedaste callada. Ella abrazó su bolsa como si trajera un bebé adentro. Yo solo acomodaba papeles dijo. Yo no quería meterme en nada, pero escuché nombres, órdenes, cosas que si las oye cualquiera no vuelve a dormir. Y luego vi los documentos y me los guardé. Yo sentí un torzón en la panza. ¿Qué? Documentos. pregunté sin quitar la vista del frente. Ella dudó, pero Mario la animó con la mirada.
Diles, hija. Listas, dijo ella, nombres de gente importante, de los que mandan, no los que salen en la tele. Otros, los que dicen a quién levantar, a quién desaparecer, a qué juez comprar, qué caso perder. Todo por escrito. Me dieron ganas de apagar el coche y bajarme a caminar hasta mi casa, pero ya estábamos metidos hasta el cuello. Eso no lo hace cualquiera. Dije, ¿quién guarda esas cosas en papel? Los confiados, respondió Mario. Los que creen que nadie se va a atrever a tocarles, un solo papel.
Ella apretó más la bolsa. A mí me encargaron archivar eso. Yo estaba ahí solita con los folders. Escuché por la puerta cuando dieron la orden sobre un periodista que deje de molestar o se cae con todo y familia como si fueran pláticas de comida. Y algo se me quebró aquí adentro. Se tocó el pecho. No pude seguir como si nada. Se quedó callada un segundo. Luego añadió. Agarré lo que pude y me fui. Pensé que si se los enseñaba a alguien.
Todo iba a cambiar. Yo suspiré y cambió. Pero para ti, asintió con los ojos llenos de lágrimas. El mismo día que ya no llegué a la oficina empezaron las llamadas. A mi casa, a mi mamá, avecinas, dígale que vuelva, que si entrega lo que tiene, no pasa nada. Pero yo sabía que sí iba a pasar. Mario habló entonces con esa voz que se le ponía cuando dejaba de ser cómico y era solo un hombre de barrio. Cuando gente así te dice, “No pasa nada, es justo cuando más pasa.” Yo seguía dándole vueltas a algo.
“¿Y dónde están esos papeles?”, pregunté. “¿Los traemos ahorita?” Ella bajó la mirada a su bolsa. Yo la vi por el espejo. Estaba abultada, pero no se veía pesada. Mario se adelantó. No todos, pero trae algo que es suficiente p que la quieran callar. En un semáforo, uno de esos que se ponen en rojo aunque no venga nadie. Mario me dijo, “Párate tantito. Paré. A lo lejos venían los coches, pero no tan cerca aún. Mario se volteó hacia la muchacha.
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