Me miró. Subimos, dijo, “mientras no nos apaguen estamos mejor adentro que en media avenida.” Yo no quería quedarme, pero tampoco iba a discutir. Apagué el coche, lo cerré y entramos los tres, el señor Mario, la muchacha y yo. Por dentro el edificio se veía distinto. Pasillos largos, pisos viejos, olor a café recalentado y a papel. Nos metieron a un cuartito sin ventanas con una mesa y tres sillas, un foco colgando. Nada más. Espérense aquí, dijo el guardia.
Si se oye relajo, no salgan hasta que alguien de los nuestros abra. Yo me senté frente a la puerta como si con eso pudiera detener a medio mundo. La muchacha se fue a una esquina abrazando su bolsa. El señor Mario se quedó parado caminando despacito de un lado a otro con las manos atrás como pensando. Pasaron unos minutos largos, nadie hablaba, hasta que yo, que siempre acabo metiendo la pata, solté Mario, el del sombrero gris. ¿Quién es realmente?
Él se detuvo. Me vio. ¿Por qué preguntas, horror? Porque no parece buena gente, dije, y anda muy cerca de usted. El señor Mario se quedó callado un rato, como midiendo qué tanto decir. Hay lugares donde la buena gente no dura ni una semana, respondió por fin. Si quieres entrar ahí, tienes que parecer de ellos, si no te vuelan. Yo fruncí el ceño. Entonces, él no trabaja para los otros. Negó con la cabeza. Trabaja conmigo”, dijo. Bueno, con nosotros.
Lleva meses metido ahí adentro viendo quién es quién, cómo se mueven. Si hoy estás vivo, es porque él avisó que la muchacha ya no estaba en su lugar. Si no, ni tiempo de salir. Corriendo te daban. Me quedé frío, pero la maleta negra, las vueltas, todo eso. Parte del trabajo. Contestó. Sacar gente, mover pruebas, hacer tratos raros para que suelten a uno y agarren a otro. No es bonito, pero es necesario. Si él se hubiera presentado contigo como buen samaritano, no estaría vivo ahorita.
Yo recargué la espalda en la silla. Tenía que procesar todo de nuevo. Todo lo que me había parecido sucio. No lo era como yo pensé. Era otra cosa. Peligrosa. Sí, chueca en apariencia también. Pero no del lado que yo creía. La muchacha levantó la mirada. Él me cuidaba también, preguntó. Desde que te fuiste con los papeles. Sí, dijo Mario. Te seguía de lejos para ver quién más te seguía, pero llegó un punto en que ya no era suficiente.
Por eso terminaste aquí. Ella bajó otra vez la vista. No sé si se sintió aliviada o peor. De pronto, el foco del cuarto titiló y se apagó. Un segundo. Dos. Se hizo oscuro de ese oscuro feo de interior. Se escuchó un zumbido y luego volvió la luz. Ya ves, murmuró Mario. Eso nunca es buena señal. A los pocos segundos se oyeron pasos en el pasillo rápidos, varios. Después una voz conocida del otro lado de la puerta. Mario era el del sombrero.
El guardia abrió la puerta solo un poquito. Yo me paré al instante. El del sombrero se asomó sin quitarse el gesto serio. Ya lo solieron, dijo. Los de afuera no son los tuyos. ¿Cuántos? Preguntó Mario. Los suficientes como para que esto ya no sea plática. Respondió. Llegaron en coches sin placas. No traen cara de excitatorio, preguntan por la muchacha. Sentí que la piel se me encogía. ¿Cuánto tenemos? Insistió Mario. El del sombrero hizo un cálculo rápido, mirando al techo como si escuchara las pisadas.
Minutos dijo. Tal vez menos si alguien mete la pata. Se volteó hacia mí. No con odio, pero sí con claridad. Él sabe manejar en serio, preguntó. Sabe, respondió Mario por mí. No más se pone nervioso, pero ya se le va a quitar. Yo tragué saliva. No sabía si agradecer o renegar. El del sombrero entró al cuarto y cerró detrás de sí. De Mintu Sinto. Cerca se veía menos frío, pero igual de cansado que todos. A ver, dijo, no hay tiempo para dramas.
La cosa está así. Los de afuera creen que el sobre sigue aquí contigo, Mario. Si se enteran de que ya lo entregaste, se van a poner peor. Necesitan agarrar algo o a alguien. Miró de reojo a la muchacha. Ella se apretó contra la pared. “Pues que agarren aire”, respondió Mario. Ella no sale. “Si fuera por mí”, dijo el del sombrero. “Ya iría rumbo a otro país, pero ahorita lo primero es que salga de este edificio.” Mario volteó hacia mí.
“Julián”, dijo, “¿Te acuerdas de la salida de la cochera? ¿Dónde metimos el coche?” “Sí, no es la única,”, añadió. Hay otra atrás por la bodega. De ahí sales a una calle que casi nadie usa. Por ahí te vas a ir. Yo lo vi sin entender del todo. ¿Y ustedes? El del sombrero se cruzó de brazos. Nosotros nos vamos a quedar a recibir visitas, dijo. Con algo para que se entretengan. Mario se acercó a la mesa y sacó de su saco otro sobre Manila.
Igualito al primero. Este está vacío, explicó. Pero por fuera se ve igual. Si ellos ven esto en mi mano, se van a venir conmigo. La muchacha abrió los ojos. No dijo. No se quede, por favor. Mario se agachó un poquito para verla a su altura. Hija, si no se entretienen aquí, nos van a alcanzar allá afuera. Y allá no hay paredes ni focos que se apaguen. Allá son balas. hizo una pausa. No te estoy haciendo un favor, estoy haciendo lo que me toca.
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