El del sombrero lo miró con respeto, cosa rara en él. Te vas a meter en un lío del que no te saco tan fácil, le advirtió. Llevo metido en líos desde que nací, hombre, respondió Mario. Uno más, uno menos. Luego me miró directo. Julián, en cuanto salga por esa puerta con este sobre, tú agarras a la muchacha y te vas por la bodega. Él señaló al de la sombrero. Va a cerrar el paso lo más que pueda.
No mires atrás. No esperes señales. Si escuchas gritos, te sigues. Entendido. Yo sentí que las piernas me temblaban, pero dije, “Entendido.” La muchacha negó con la cabeza. No puedo dejarlo aquí”, repitió casi llorando. Mario le puso la mano en el hombro. “Ya me han dejado solo en peores lugares”, dijo con una medio sonrisa triste. “Y aquí al menos tengo una ventaja.” “¿Cuál?”, pregunté yo sin hallar ninguna. Se acomodó la chamarra, se echó el sobre falso al saco y respondió, “Que esta vez sé por qué lo estoy haciendo.” El del sombrero se acercó a la puerta y antes de salir se quitó el sombrero un segundo.
No sé si en señal de respeto o porque se le sudó la frente. Se lo volvió a poner y dijo, “Cuando escuchen que se arma el relajo en el pasillo, ese es su momento. No antes, no después. Salió Mario. Se quedó un segundo mirándonos, no como patrón, no como artista, como hombre. De aquí en adelante, dijo, “cada quien sigue su camino. El mío se queda arriba. El de ustedes tiene que terminar lejos de este edificio. Respiró hondo, puso la mano en la perilla y ahí quedó claro.
El hombre que yo creí que andaba en cosas malas, estaba a punto de hacer algo que nadie iba a aplaudir, nadie iba a grabar, nadie iba a creer si se contaba, pero esa era la clase de cosas que él decidía hacer, aunque parecieran otra cosa. Cuando puso la mano en la perilla, el tiempo se hizo raro. No sé si fueron segundos o minutos, pero yo sentí que estábamos ahí atorados, como si el mundo estuviera esperando a ver quién se movía primero, ellos, los de afuera o nosotros.
Mario me miró por última vez. No te me vayas a poner héroe, eh, Julián, me dijo. Héroe, ya hay uno de más aquí. Yo hubiera querido contestarle algo chistoso para aflojar el ambiente, pero no me salió nada. No más asentí. Sí, Mario. Abrió la puerta despacio. El pasillo estaba medio oscuro, solo iluminado por focos amarillos de esos que parpadean. Alcancé a ver al del sombrero unos metros más adelante hablándole al guardia en voz baja. Se hicieron señas entre ellos, como si ya tuvieran todo ensayado.
Mario salió primero con el sobre falso bajo el brazo, bien visible. No lo escondía, al contrario, lo traía como quien trae algo que sabe que todos quieren. Cerró la puerta y nos dejó adentro, a mí y a la muchacha. Ella dio dos pasos hacia la puerta. No, no le dije. Espérate, todavía no. Se quedó en medio del cuarto agarrándose las manos, caminando de un lado a otro como tigre enjaulado. Del otro lado, en el pasillo, se empezaron a escuchar voces, primero bajas, luego más fuertes.
No podía distinguir las palabras, pero sí los tonos. Uno calmado que reconocí como el de Mario. Otros cortantes, duros, de hombres que no vienen a negociar, sino a ver quién se dobla. Luego pasos muchos. El eco en el pasillo los hacía sonar más pesados. “Ya llegaron”, murmuré. La muchacha se tapó la boca. Yo me acerqué a la puerta sin pegar la oreja, pero cerca. No quería perderme la señal. Se escuchó al del sombrero. Aquí nadie entra armado.
Y a otro burlón. Ay, por favor, si tú eres el primero que trae cohete, compadre. Después la voz de Mario firme. Ya saben a qué vienen. Aquí está lo que quieren. Imaginé cómo alzaba el sobre. Despacio. Suéltenlo en la mesa dijo alguien. Silencio cortito. No, contestó Mario. Aquí platicamos primero. Yo sentía el corazón en la garganta. Esa forma de hablar era muy de él, calmado, pero con filo. La misma que usaba cuando alguien quería pasarse de listo con un trabajador o con un niño.
Tú no estás en posición de poner condiciones, soltó uno de los otros. Yo tampoco vine a pedir permiso, respondió Mario. En ese momento se escuchó un golpe seco. No sé si fue una silla, una pared o si empujaron a alguien. La muchacha dio un brinco. Lo están golpeando susurró. No sé, dije, aunque sí me lo imaginaba. Luego vino lo que estábamos esperando. El relajo. Voces encima de otras voces, pasos corriendo. Alguien gritó. Cálmense. Y otro le contestó algo feo.
Se escuchó algo como un empujón fuerte, un cuerpo contra la pared, un suéltame que creo que fue del sombrero. Todo pasó rápido. Esa era la señal. Esa hora dije, “Vámonos.” Abrí la puerta del cuarto apenas lo suficiente para asomar la cabeza. El pasillo hacia donde estaban ellos estaba lleno de sombras moviéndose, pero hacia el otro lado, hacia la bodega, se veía vacío. Le hice seña a la muchacha pegadita a mí. No corras, pero tampoco te quedes. Salimos.
Cerré la puerta sin ruido. Mis piernas se sentían flojas como de algodón. Avanzamos por el pasillo contrario, pegados a la pared. Se oían los gritos atrás, pero yo ya no volteé. A mitad del pasillo ella susurró, “¿Y si lo matan?” No pude contestar. Si decía no, le mentía. Si decía sí, se hundía más. Así que solo dije, “Si nos regresamos, nos matan a todos. Llegamos a una puerta de metal con una ventanita cuadrada. Tenía el vidrio esmerilado.
No se veía bien del otro lado. Empujé con cuidado. Estaba pesada. Era la bodega. Dentro había cajas. Archiveros viejos, muebles arrumbados, todo olía a polvo y a humedad. “Por aquí salimos a la calle trasera”, le dije. Él ya lo revisó antes. Confía. Atravesamos la bodega casi a oscuras. Solo había un par de rayas de luz entrando por rendijas altas. Yo iba adelante tanteando con la mano y entonces un ruido seco, tres golpes como si patearan algo. La muchacha se detuvo.
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