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“HAY UNA DROGA EN TU BEBIDA”, SUSURRÓ LA CAMARERA… Y EL MULTIMILLONARIO EXPUSO A SU PROMETIDA

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—¿Alérgico? —balbuceó ella, mirando con terror a los hombres que se acercaban—. ¿A qué?

—A la traición —respondió Javier—. Y a los sedantes en mi champán.

El color drenó completamente del rostro de Liana. Miró la copa vacía en la mesa, luego a Javier, y finalmente comprendió.
—Esa maldita camarera… —siseó, olvidando su papel de novia enamorada. Su rostro se contorsionó en una máscara de odio puro—. Debí suponer que una muerta de hambre se metería en medio.

—Esa “muerta de hambre” acaba de salvarte de convertirte en una asesina —dijo Javier con frialdad—. Aunque no te salvará de la cárcel por intento de homicidio.

Bruno llegó a la mesa en ese instante, colocándose estratégicamente detrás de la silla de Liana.
—Señor Monteiro —dijo con voz grave—, el perímetro está asegurado. La policía ha sido informada de la situación y la evidencia ha sido preservada por el personal del restaurante bajo mi instrucción.

Liana intentó jugar su última carta. Comenzó a llorar, lágrimas grandes y dramáticas. Se volvió hacia los policías que se acercaban.
—¡Es un error! ¡Él está paranoico! ¡Es un hombre mayor y está confundido, por favor, ayúdenme!

Javier ni siquiera se inmutó. Se levantó con elegancia, alisándose el traje.
—Oficiales, en la barra encontrarán una copa de champán que contiene, estoy seguro, una dosis letal o incapacitante de algún narcótico. Les sugiero que la analicen. Y también sugiero que revisen el bolso de mi ex prometida. Dudo que haya tenido tiempo de deshacerse del envoltorio.

La mención del bolso hizo que Liana aferrara su clutch de diseñador contra su pecho instintivamente. Ese gesto fue su confesión. Uno de los oficiales, una mujer de mirada severa, extendió la mano.
—Señora, entrégueme el bolso, por favor.

—¡No tienen derecho! —chilló Liana, retrocediendo y chocando contra el pecho de Bruno, quien no se movió ni un milímetro.

—Lo tienen —dijo Javier—. Este es un establecimiento privado y acabas de intentar atentar contra la vida de un ciudadano extranjero. Bruno, asegúrate de que cooperen con las autoridades locales. Yo tengo que hacer una llamada.

Mientras Liana forcejeaba y gritaba insultos que harían sonrojar a un marinero, siendo esposada frente a la élite de Mendoza, Javier se dio la vuelta. No quería verla más. Para él, Liana ya no existía; era un activo tóxico que había sido liquidado.

Caminó hacia la barra, donde Sofía estaba parada, pálida y con los ojos muy abiertos, abrazándose a sí misma. El gerente estaba a su lado, visiblemente nervioso por el espectáculo policial en su restaurante exclusivo.

Javier se detuvo frente a ella. El silencio en el restaurante era absoluto, salvo por los gritos de Liana que se desvanecían mientras la sacaban a la fuerza.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Javier, aunque ya lo sabía. Quería escucharlo de ella.

—Sofía, señor —respondió ella, bajando la mirada.

—Mírame, Sofía.

Ella levantó la vista. Sus ojos marrones estaban llenos de miedo, pero también de una dignidad silenciosa.

—Sabías quién era yo —dijo Javier—. Sabías quién era ella. Sabías que si te equivocabas, perdías tu trabajo y probablemente más. ¿Por qué lo hiciste?

Sofía dudó un momento, buscando las palabras.
—Porque… porque nadie merece ser engañado así, señor. No importaba quién fuera usted. Simplemente… no estaba bien.

Javier asintió lentamente. En su mundo, la lealtad se compraba, el silencio se negociaba y la moralidad era flexible. Encontrar a alguien que actuara por pura integridad, a un costo personal tan alto, era más raro que encontrar un diamante rosa.

Sacó una tarjeta de visita de su bolsillo, una negra con letras doradas en relieve, y un bolígrafo. Escribió un número personal en el reverso.

—Sofía, acabas de hacerme el regalo más valioso que he recibido en años: la verdad. —Le extendió la tarjeta—. Mañana por la mañana, mi secretaria se pondrá en contacto contigo. Ya no trabajas aquí.

Sofía sintió un nudo en la garganta.
—¿Me… me está despidiendo usted? Pero yo no trabajo para usted…

El gerente intervino, nervioso:
—Señor Monteiro, Sofía es una de nuestras mejores…

Javier levantó una mano para silenciarlo.
—No la estoy despidiendo. La estoy contratando. —Volvió a mirar a la chica—. Necesito personas que vean lo que otros no ven y que tengan el valor de decirme la verdad, incluso cuando no quiero escucharla. Brasil es un lugar grande, Sofía. Y la universidad que elijas correrá por mi cuenta, además de un puesto en mi equipo de confianza.

Sofía tomó la tarjeta con manos temblorosas. No podía creer lo que estaba pasando.

—Pero primero —añadió Javier, y por primera vez en toda la noche, su sonrisa fue genuina, cálida y humana—, creo que me debes una copa de champán. De una botella nueva, por favor. Y esta vez, te sentarás a beberla conmigo. No me gusta celebrar solo mi nuevo comienzo.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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