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“HAY UNA DROGA EN TU BEBIDA”, SUSURRÓ LA CAMARERA… Y EL MULTIMILLONARIO EXPUSO A SU PROMETIDA

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Tres días después, en una sala de interrogatorios de la Policía Federal en São Paulo, el ambiente era estéril y frío. Liana estaba sentada al otro lado de la mesa de metal, impecable a pesar de llevar el uniforme gris de la prisión. Su arrogancia estaba intacta. A su lado, Beatriz, la hija de Camargo y su abogada, revisaba papeles con aire de suficiencia.

—Esto es una pérdida de tiempo —dijo Liana, mirando su manicura—. La prueba del champán es circunstancial. Cualquiera pudo poner eso ahí. Y mi prometido… bueno, mi ex, es un hombre mayor y paranoico.

La puerta se abrió. No entró el fiscal. Entró Javier, seguido por Sofía.

Liana soltó una risa burlona.
—Vaya, traes a tu mascota. ¿Qué pasa, Javier? ¿Me echas de menos?

Javier se sentó frente a ella, con una calma que resultaba aterradora. Sofía se quedó de pie, junto a la puerta, observando. Ya no se sentía intimidada por la belleza venenosa de Liana. Ahora veía las grietas en su máscara.

—Beatriz —dijo Javier, ignorando a Liana y dirigiéndose a la abogada—, ¿tu padre no te ha llamado?

Beatriz se tensó, dejando de barajar papeles.
—Mi padre está en un viaje de negocios.

—Tu padre está en el módulo de aislamiento de la penitenciaria de Tremembé —corrigió Javier, deslizando una foto sobre la mesa. En ella, Camargo aparecía fichado, sosteniendo su número de recluso—. Y ha cantado, Beatriz. Lo ha contado todo. Incluso cómo tú lavabas el dinero de sus honorarios a través de tu bufete.

El color desapareció del rostro de la joven abogada.

—Eso es mentira —susurró.

—Tenemos el disco duro —intervino Sofía. Fue la primera vez que habló. Su voz era tranquila, pero cargada de autoridad—. Tenemos las grabaciones de Liana ordenando la dosis exacta del sedante. Tenemos los correos con el consorcio Andrada. Y tenemos las transferencias a tu cuenta, Beatriz.

Liana miró a Sofía con odio puro, pero por primera vez, hubo un destello de miedo real en sus ojos.
—¡Cállate, estúpida sirvienta!

Javier sacó un pequeño dispositivo de audio y presionó el botón de reproducción.

La voz de Liana llenó la sala, clara y cristalina:
*”…asegúrate de que quede babeando, Heitor. No quiero que pueda firmar ni su propio nombre. Una vez que tenga el poder notarial, venderemos la división de logística a Andrada y desguazaremos el resto. Javier será un vegetal rico, y yo seré la viuda alegre…”*

El silencio que siguió a la grabación fue ensordecedor.

Beatriz se puso de pie de golpe, recogiendo su maletín con manos temblorosas.
—Yo… yo no sabía nada de esto. Renuncio a la defensa.

—¡No puedes dejarme! —gritó Liana, agarrando el brazo de Beatriz—. ¡Te pago una fortuna!

—¡No voy a hundirme contigo! —chilló Beatriz, soltándose y corriendo hacia la puerta. Al pasar junto a Javier, él ni siquiera la miró. Sabía que la policía la esperaba en el pasillo.

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