ADVERTISEMENT

“HAY UNA DROGA EN TU BEBIDA”, SUSURRÓ LA CAMARERA… Y EL MULTIMILLONARIO EXPUSO A SU PROMETIDA

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT

Liana se quedó sola. Miró a Javier, buscando algún rastro del hombre que la había amado, alguna debilidad que pudiera explotar.

—Javier… —empezó, suavizando la voz, intentando invocar lágrimas—. Me obligaron. Ellos me…

—No —cortó Javier. Se levantó y se abrochó el botón del saco—. No te humilles más, Liana. No queda nada. Ni amor, ni odio. Solo justicia.

Se dirigió a la puerta, pero se detuvo y miró a Sofía.
—¿Nos vamos?

Sofía miró a Liana una última vez. La mujer que parecía una diosa inalcanzable en aquel restaurante de Mendoza ahora era solo una criminal acorralada, sola y vacía.

—Adiós, Liana —dijo Sofía.

Salieron al pasillo, dejando atrás los gritos de Liana, que exigía ver al gerente, al presidente, a alguien que la escuchara, mientras los guardias entraban para llevarla de vuelta a su celda.

***

**Seis meses después.**

La terraza del ático de la Torre Monteiro ofrecía una vista de 360 grados de São Paulo al atardecer. El cielo ardía en tonos violeta y naranja, reflejándose en los miles de rascacielos.

Había una pequeña celebración en curso. No era una gala opulenta, sino una reunión íntima. El equipo de confianza de Javier, algunos socios clave y, en el centro de todo, Sofía y su madre, Elena.

Elena, que ahora vivía en un apartamento seguro y cómodo en el mismo edificio, conversaba animadamente con Bruno, quien había desarrollado una debilidad por las empanadas argentinas que la mujer preparaba.

Sofía se apoyó en la barandilla de cristal, sosteniendo una copa de agua con gas. Llevaba un traje sastre elegante, el cabello cortado en un estilo moderno. Acababa de aprobar sus primeros exámenes parciales con honores y Javier le había asignado su primer proyecto real: la supervisión de la fundación benéfica del Grupo, asegurándose de que las becas llegaran a personas que realmente, como ella, necesitaban una oportunidad.

Javier se acercó y se paró a su lado. Se le veía más joven, más relajado. La sombra de la traición se había disipado, reemplazada por una energía renovada.

—¿Nostalgia? —preguntó él, mirando el horizonte.

—Gratitud —respondió ella, sonriendo—. Estaba pensando en esa noche en Mendoza. En cómo un susurro cambió todo.

Javier asintió, tomando un sorbo de su champán. Esta vez, la botella había sido abierta por él mismo.

—A veces pienso qué hubiera pasado si hubieras tenido miedo —dijo él—. Si hubieras decidido que no era tu problema.

—Hubiera sido más fácil —admitió Sofía—. Pero no hubiera podido dormir. Mi madre siempre me enseñó que la integridad es lo único que nadie te puede quitar, a menos que tú la entregues.

Javier se giró hacia ella, apoyando el codo en la barandilla.
—El consorcio Andrada está siendo investigado por la comisión de valores. Liana ha sido sentenciada a veinte años sin posibilidad de libertad condicional temprana. Camargo está cooperando para reducir su condena, pero no volverá a ejercer la medicina jamás. El imperio está seguro.

—Y usted está a salvo —añadió Sofía.

—Nosotros estamos a salvo —corrigió Javier—. Sabes, Sofía, cuando te contraté, pensé que estaba salvando a una chica en apuros. Me equivoqué.

Sofía arqueó una ceja, un gesto que había copiado inconscientemente de él.
—¿Ah, sí?

—Sí. Estaba contratando a mi sucesora. —Javier sonrió ante la sorpresa de ella—. No ahora, por supuesto. Tienes mucho que aprender, una carrera que terminar y un mundo que ver. Pero tienes el instinto, tienes el corazón y, lo más importante, tienes la verdad en la sangre. Eso no se enseña en ninguna universidad.

Sofía sintió un nudo en la garganta, pero esta vez no era de miedo, sino de emoción pura. Miró a su madre riendo a lo lejos, luego a la inmensa ciudad que se extendía a sus pies, llena de luces y posibilidades.

—No le defraudaré, señor Monteiro.

—Llámame Javier —dijo él, chocando suavemente su copa contra el vaso de ella—. Creo que ya nos hemos ganado ese derecho.

—Javier —probó ella. Sonaba extraño, pero correcto.

El sol terminó de ponerse, y las luces de la ciudad brillaron con más fuerza, millones de estrellas artificiales que parecían aplaudir el final de una pesadilla y el comienzo de una leyenda. Sofía tomó un respiro profundo del aire fresco de la noche. Ya no era la camarera que temía ser destruida por los poderosos. Ahora era una de ellos, pero una diferente. Una que recordaba lo que era servir, y que usaría ese poder para proteger, no para destruir.

Javier miró su reloj.
—Vamos, Elena está amenazando con contar historias vergonzosas de tu infancia si no vamos a comer sus empanadas.

Sofía rio, un sonido libre y feliz.
—Vamos. Pero le advierto, no crea ni la mitad de lo que dice.

Juntos, el magnate y su protegida se alejaron de la barandilla y volvieron al calor de la fiesta, dejando atrás la oscuridad de la noche para entrar en la luz.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT