—La casa… es la herencia de tus padres —intentó Clara, con la voz quebrada. —Ya no es mía. La perdí anoche en el póquer contra el capataz de la hacienda vecina. Tienen veinticuatro horas para largarse antes de que vengan a sacarlos a patadas.
Rogelio subió a la camioneta roja. Clara corrió, intentando aferrarse a la ventanilla. —¡Déjanos la camioneta al menos! ¡Sofía no puede caminar hasta el pueblo! —¡Quítate, loca! —gritó él, acelerando—. ¿Quieres algo? ¡Toma! Ahí tienes tu herencia.
Señaló hacia el granero donde Baltazar, el burro de la familia, asomaba su cabeza gris y llena de parches. El animal tenía una pata torcida, resultado de un mal golpe que nunca sanó. —Ese burro es igual a ti: viejo, terco e inservible. Cárgalo con tus trapos y piérdete en el desierto.
Envuelto en una nube de polvo tóxico y risas crueles, el padre de sus hijos se marchó. Clara se quedó ahí, tragando tierra y lágrimas, abrazando a dos niños que no entendían por qué su mundo se había derrumbado en cinco minutos. Baltazar se acercó cojeando y le empujó suavemente el hombro con el hocico, como si dijera: “Estoy aquí”.
Clara miró al horizonte. Hacia el norte estaba el pueblo, la vergüenza, las burlas. Hacia el sur, el Pedregal: una tierra muerta de piedra volcánica donde decían que ni las serpientes sobrevivían. Pero el burro, tercamente, giró su cabeza hacia el sur. Clara sintió un escalofrío. No tenía dinero, no tenía casa, no tenía marido. Solo tenía un burro cojo y dos bocas que alimentar.
—Vamos —susurró, tomando una decisión que parecía suicida—. Vamos hacia el sur.
¿Y ahora qué pasará? Una madre abandonada con sus dos hijos pequeños y un burro cojo se adentra en el desierto más cruel del Pedregal, donde la tierra parece muerta y el sol no perdona. ¿Sobrevivirán? ¿Qué secreto guarda esa tierra árida que Rogelio nunca imaginó? ¿O el burro, ese animal “inútil”, está a punto de revelar un tesoro que cambiará todo para siempre? No te pierdas la Parte 2… porque a veces, lo que parece el fin es solo el comienzo de una victoria épica.

Lo que Clara no sabía mientras daba ese primer paso hacia el infierno de piedras, era que su esposo no la estaba enviando a la muerte, sino que, sin saberlo, la estaba empujando directamente hacia el secreto más grande y valioso que esa tierra había ocultado por siglos. Un secreto que estaba a punto de cambiar su destino, pero que también traería de vuelta a los demonios del pasado, dispuestos a derramar sangre antes que dejarla ser feliz.
El camino a través del Pedregal fue un vía crucis bajo un sol que no perdonaba. La tierra allí no era tierra; eran navajas de roca negra que cortaban las suelas y el ánimo. Baltazar, a pesar de su cojera, cargaba a los niños por turnos, respirando con dificultad pero sin detenerse jamás. Era como si el animal supiera algo que Clara ignoraba.
Al tercer día, el agua se acabó. Los labios de Sofía estaban partidos y Mateo lloraba en silencio, sin lágrimas. Clara cayó rendida bajo la sombra raquítica de un mezquite seco. —Perdónenme —sollozó, abrazando a sus hijos—. Les fallé. Mamá les falló.
Estaban en un callejón sin salida, una barranca profunda rodeada de muros de piedra. Era el fin. Pero entonces, un sonido rítmico rompió el silencio. Poc, poc, poc.
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