Una tarde, Clara tuvo que ir al pueblo. Cerca de la terminal de autobuses, vio a un mendigo sentado en la banqueta, sucio, con una botella de licor barato en la mano. Era Rogelio. Estaba irreconocible, consumido por sus demonios. Al verla bajar de su camioneta nueva, vestida con elegancia y dignidad, Rogelio levantó la vista. Sus ojos se encontraron. Él abrió la boca para decir algo, pero la vergüenza le cerró la garganta. Bajó la cabeza, escondiéndose entre sus rodillas.
Clara se detuvo. Podría haberlo escupido. Podría haberlo insultado. Pero su corazón estaba tan lleno de paz que no había espacio para el odio. Sacó un billete de su bolso y lo dejó caer suavemente en la gorra del mendigo. —Que Dios te perdone, Rogelio —murmuró—, porque gracias a que me soltaste, aprendí a volar.
Se dio la media vuelta y caminó hacia su futuro, dejando atrás, para siempre, a la sombra que alguna vez le hizo creer que no valía nada. Porque Clara había aprendido la lección más importante de todas: a veces, la vida tiene que romperte, molerte y prensarte como a una aceituna, para sacar de ti la esencia más pura y valiosa que llevas dentro.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.