Abrí la puerta, pero dejé la cadena de seguridad puesta. La rendija de diez centímetros era todo lo que estaba dispuesta a ofrecer.
—¿Mariana? —su voz sonaba pequeña, rota. Ya no había rastro de la adolescente soberbia de su cumpleaños.
—¿Qué quieres, Lucía? —mi voz salió firme, aunque mis rodillas temblaban.
—Tengo hambre —susurró.
Esas dos palabras fueron más dolorosas que cualquier insulto. *Tengo hambre.* La niña a la que nunca le faltó un plato caliente, a la que le preparaba sus lasañas favoritas los domingos, estaba parada en mi porche pidiendo comida.
—¿Dónde está tu madre? —pregunté.
—Está… ocupada. Tuvimos que pagar el depósito de un apartamento y compramos algunas cosas para el negocio y… se nos acabó el efectivo para el súper. Mamá dice que el banco tarda en liberar los fondos del cheque del colegio.
Mentira. Carla se lo había gastado. O fumado. O inyectado.
—¿Y el negocio?
Lucía bajó la mirada.
—Todavía estamos viendo locales. Mariana, por favor. Solo quiero algo de comer. Y quizás… quizás podría entrar un rato a secarme.
Quité la cadena.
No porque fuera débil, sino porque dejarla afuera bajo la lluvia hubiera sido inhumano. Pero no abrí la puerta de par en par. Me hice a un lado.
Ella entró. El olor a humedad y a tabaco rancio que desprendía me golpeó. Ella no fumaba, pero su ropa estaba impregnada del humo de Carla.
Fue directo a la cocina. La seguí. La vi abrir el refrigerador con desesperación. Sacó jamón, queso, un tupper con sobras de arroz. Comió de pie, con las manos, devorando como si llevara días en ayunas.
La miré en silencio. Me dolía el alma. Quería abrazarla, decirle que se diera un baño caliente, que su cama estaba limpia (aunque en cajas), que todo volvería a ser como antes.
Pero no podía ser como antes.
Cuando terminó de comer, se limpió la boca con la manga.
—¿Mejor? —pregunté.
Ella asintió, evitando mis ojos.
—Gracias.
Hubo un silencio incómodo.
—Lucía, ¿dónde están viviendo?
—En un motel cerca de la autopista. Pero es temporal —se apresuró a decir—. Hasta que mamá cierre el trato con unos socios.
—No hay socios, Lucía —dije suavemente—. No hay negocio. Carla se está gastando el dinero.
—¡Cállate! —gritó de repente, pero sin la fuerza de antes. Era un grito defensivo, frágil—. Tú no crees en ella. Ella está intentando darnos una vida mejor. Solo necesita un poco más de capital.
Y ahí estaba. El verdadero motivo de la visita.
—No —dije.
—Ni siquiera te he pedido nada todavía.
—No te voy a dar más dinero.
Lucía se giró hacia mí. Tenía ojeras profundas.
—Mariana, por favor. Solo necesitamos… no sé, dos mil dólares. Para alquilar un local de verdad. Mamá dice que si conseguimos el local, todo cambiará. Ella dejará de estar tan estresada.
—¿Está consumiendo otra vez?
Lucía se mordió el labio hasta casi sangrar.
—Está estresada —repitió, como un mantra aprendido—. Solo necesita una oportunidad. Tú tienes ese dinero. Tienes los 30.000 dólares. ¡Es para mi futuro! Si inviertes en nosotras, te lo devolveremos.
—Ese dinero es para la universidad. Y ya no vas a ir a la universidad.
—¡A la mierda la universidad! —estalló, y vi por un segundo el reflejo exacto de Carla en su rostro—. ¡Necesitamos comer! ¡Necesitamos salir de ese motel de mierda donde hay cucarachas!
—Entonces vuelve a casa —dije. Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas.
Lucía se detuvo en seco.
—¿Qué?
—Vuelve a casa. Tú. Sola. —Me acerqué un paso—. Tu habitación está empacada, pero puedo deshacer las cajas en una hora. Vuelve a la escuela. Gradúate. Ve a la universidad. Tendrás comida, techo, y tu futuro asegurado.
Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas. Por un segundo, vi a mi niña. Vi el anhelo de seguridad, de paz.
—¿Y mamá? —preguntó con un hilo de voz.
—Carla no puede entrar aquí. Nunca más. Ella es una adulta. Tú eres su hija, no su salvadora. Si vuelves, es sin ella.
La duda cruzó su rostro. Fue una batalla visible. La comodidad y el amor seguro contra la lealtad tóxica y la manipulación biológica.
Entonces, su teléfono sonó. Un tono estridente.
Lucía saltó como si la hubieran electrocutado. Miró la pantalla. “Mamá”.
Contestó temblando.
—¿Sí? Sí, ya voy… No, no me dio nada todavía… Sí, ya sé… No me grites… ¡Ya voy!
Colgó. Su cara se había endurecido de nuevo. El miedo había reemplazado a la duda.
—Tengo que irme —dijo, caminando hacia la puerta.
—Lucía, piénsalo. Puedes quedarte ahora mismo.
—No puedo dejarla sola. Ella me necesita. Ella sí es mi madre. Tú solo quieres controlarme.
Abrió la puerta y la lluvia entró con una ráfaga de viento.
—Dame dinero, Mariana. Aunque sean 100 dólares. Para el taxi.
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