La miré. Si le daba dinero, se lo daría a Carla. Si no se lo daba, caminaría bajo la lluvia hasta ese motel de mala muerte.
Saqué mi cartera. Tomé un billete de 20 dólares.
—Para el autobús o un taxi. No alcanza para drogas.
Lucía me arrebató el billete.
—Ojalá te mueras en tu viaje a Europa —escupió antes de salir corriendo hacia la oscuridad.
Cerré la puerta y puse el cerrojo. Luego puse la cadena. Luego fui a la cocina, tomé una silla y la trabé contra el picaporte.
Me deslicé hasta el suelo y lloré. Lloré por la niña que acababa de ver, tan flaca, tan sucia, tan perdida. Lloré porque me di cuenta de que mi amor no era suficiente para salvarla de sí misma.
Al día siguiente, fui al banco.
—Quiero transferir la cuenta de ahorros —le dije al ejecutivo.
—¿A otra cuenta de inversión, señora Mariana?
—No. Quiero usarla para pagar la hipoteca de mi casa. Toda.
El hombre parpadeó sorprendido.
—¿Está segura? Eso liquidaría casi toda su deuda, pero se quedaría con poca liquidez.
—Hágalo.
No iba a dejar ese dinero ahí, tentándome. No iba a dejar que Carla oliera el rastro de esos 30.000 dólares. Si el dinero desaparecía en el ladrillo de la casa, ya no existía para ser extorsionado. La casa sería mía, completamente mía. Un fortín.
Salí del banco sintiéndome más ligera y, al mismo tiempo, aterrorizada.
Faltaban dos días para Roma.
Empecé a recibir llamadas de números desconocidos a horas intempestivas. Contesté una vez. Solo escuché una respiración pesada y luego la voz de Carla, pastosa y arrastrada:
*”Eres una perra egoísta… te vas a arrepentir…”*
Colgué y cambié mi número de teléfono esa misma tarde. Solo se lo di a tres personas: mi jefe, mi vecina de confianza (para que vigilara la casa) y a la directora del colegio, por si acaso.
La noche antes del viaje, no pude dormir.
Estaba sentada en el salón, con mi maleta junto a la puerta. Mi pasaporte estaba sobre la mesa. Todo estaba listo.
Pero el miedo me paralizaba. ¿Qué pasaría si les ocurría algo mientras yo estaba a 10.000 kilómetros de distancia? ¿Qué pasaría si Lucía volvía y yo no estaba?
*Si vuelve y no estás, aprenderá que no siempre estarás ahí para amortiguar su caída*, me dijo una voz interior que sonaba sospechosamente parecida a mi terapeuta.
A las 4:00 AM, llegó el taxi.
Miré la casa por última vez. Estaba oscura, silenciosa, cerrada a cal y canto. Dejé una nota pegada con cinta adhesiva en el interior de la ventana de la cocina, visible solo si alguien se asomaba mucho desde el jardín trasero, un lugar que Lucía conocía bien.
La nota decía: *”Si decides volver y estar limpia, las llaves de repuesto están donde la abuela las escondía. Hay comida en la despensa. Pero si traes a Carla, llamaré a la policía desde Roma. Te quiero. Mamá”*.
Era mi última ofrenda. Mi última debilidad.
Subí al taxi.
—Al aeropuerto internacional, por favor.
Mientras el coche se alejaba, vi una sombra en la esquina de la calle. Una figura solitaria bajo la luz de la farola. Podría haber sido cualquiera. Un vecino paseando al perro, un insomne.
Pero el corazón me dijo que era Carla, vigilando. Esperando a que el dragón dejara la cueva para intentar entrar.
—¿Todo bien, señora? —preguntó el taxista, mirándome por el retrovisor.
Me sequé una lágrima traicionera.
—Sí. Todo bien. Solo… dejando atrás una vida entera.
—Bueno, dicen que todos los caminos llevan a Roma —sonrió él—. A veces hay que irse lejos para encontrarse de nuevo.
Cerré los ojos y dejé que la velocidad del auto me alejara del desastre.
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