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Jamás lo imaginó: el coronel corrupto destruyó la casa de una anciana, sin saber que sus dos hijas vestían uniforme militar.

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El rugido de la excavadora no parecía de este mundo. En San Miguel de la Sierra, un pueblito escondido entre montañas del centro de México, donde las mañanas huelen a leña mojada y a pan recién salido del horno, ese sonido partió el aire como un trueno que no pedía permiso.

Doña Elvira Ramírez, pequeña bajo su rebozo ya deslavado por los años, salió de su casa de adobe con el corazón golpeándole el pecho. Frente a ella, la máquina amarilla levantaba polvo y amenaza. Y junto a la máquina, con botas limpias sobre tierra ajena, estaba el hombre al que todos temían: Fausto Aguilar, a quien en el pueblo llamaban “el coronel”, aunque hacía años que ya no vestía uniforme. Era cacique, prestamista, dueño de tierras… y para muchos, la ley misma.

—Tírenlo todo —ordenó riéndose—. Que no quede ni un ladrillo para el recuerdo.

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