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La anciana aceptó las burlas en silencio… porque sabía exactamente lo que iba a pasar después

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La anciana entró a la joyería arrastrando ligeramente los pies.
Llevaba un rebozo gris deshilachado, sandalias gastadas y un vestido sencillo que parecía haber pasado por demasiados inviernos. Su cabello blanco estaba recogido sin cuidado, y en sus manos temblorosas sostenía una pequeña bolsa de tela, vieja, cerrada con un nudo.

La joyería estaba en una de las avenidas más elegantes de Guadalajara. El aire olía a perfume caro y a dinero. Dentro, las vitrinas brillaban bajo luces blancas, llenas de collares, anillos y pulseras que valían más que toda una vida de trabajo para gente como ella.

—¿A dónde cree que va, señora? —dijo el guardia, frunciendo el ceño.

La anciana levantó la mirada, sin enojo, sin miedo.

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