—Vengo a vender algo.
El guardia la recorrió de arriba abajo.
—Aquí no compramos chatarra. Mejor vaya al mercado.
Algunos clientes voltearon a verla. Una mujer bien vestida sonrió con desprecio. Un joven sacó el celular, como si la escena fuera divertida.
Desde el mostrador, el gerente —un hombre de traje oscuro, sonrisa ensayada— se acercó con paso rápido.
—¿Hay algún problema?
—Esta señora quiere vender “algo” —dijo el guardia, enfatizando la palabra.
El gerente miró a la anciana apenas unos segundos.
—Señora, esta es una joyería de alta gama. No creo que usted tenga algo que nos interese.
La anciana asintió despacio.
—Aun así, quisiera que lo vea.
El gerente suspiró, claramente molesto.
—Cinco minutos. Pero no toque nada.
Ella abrió la bolsa de tela con cuidado, como si se tratara de algo frágil, sagrado. De su interior sacó un pequeño estuche de madera oscura, gastado por el tiempo. Lo colocó sobre el mostrador.
El gerente arqueó una ceja.
—¿Eso es todo?

La anciana abrió el estuche.
Dentro había un anillo.
No era grande ni ostentoso. Era antiguo. El oro tenía un tono profundo, distinto, y en el centro había una piedra verde, opaca, rodeada de pequeños grabados casi invisibles.
El gerente soltó una risa corta.
—Señora, eso no es esmeralda. Parece vidrio viejo.
La anciana no respondió. Solo lo miró.
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