—Le puedo dar… —el gerente fingió pensarlo— quinientos pesos. Para ayudarla.
Las risas fueron más evidentes.
—¡Quinientos! —susurró alguien—. Ni eso vale.
La anciana cerró el estuche lentamente.
—Gracias —dijo—. Entonces me iré.
—Espere —dijo una voz firme.
Desde el fondo de la joyería apareció un hombre mayor, canoso, con lentes y una mirada seria. No llevaba traje caro, pero su presencia imponía respeto.
—¿Puedo ver el anillo? —preguntó.
El gerente se tensó.
—Don Ernesto, no vale la pena…
El hombre ignoró al gerente y miró a la anciana.
—¿Me permite?
Ella asintió y abrió de nuevo el estuche.
Don Ernesto tomó el anillo con delicadeza. No sonrió. No se burló. Lo observó en silencio durante varios minutos. Luego pidió una lupa. Después, una lámpara especial.
El ambiente cambió.
El gerente empezó a sudar.
—¿Sabe lo que tiene aquí? —preguntó Don Ernesto, sin levantar la vista.
La anciana respondió con voz tranquila:
—Algo que fue de mi familia.
Don Ernesto respiró hondo.
—Este anillo… pertenece a una colección privada registrada en los años cuarenta. La piedra no es vidrio. Es una esmeralda colombiana antigua, tallada a mano. Y el oro… es de una aleación que ya no se usa.
El silencio fue total.
—Su valor —continuó— supera fácilmente el precio de esta joyería.
El gerente palideció.
—Eso… eso es imposible.
Don Ernesto levantó la mirada, severo.
—Imposible es no saber reconocer una pieza histórica.
Los clientes empezaron a murmurar. La mujer elegante dejó de sonreír. El joven bajó el celular.
—Señora —dijo Don Ernesto, con respeto—, si usted quisiera venderlo, tendría que hacerlo mediante un proceso formal. Pero antes debo preguntarle algo.
—Dígame.
—¿Por qué lo trae ahora?
La anciana miró el anillo. Sus dedos temblaron un poco.
—Porque ya no me queda tiempo.
Nadie se rió esta vez.
—Mi esposo me lo dio cuando nos casamos —continuó—. Él trabajó toda su vida en silencio. Nadie sabía quién era realmente. Cuando murió, mis hijos vendieron casi todo… menos esto. Dijeron que no valía nada. Me lo dejaron.
El gerente tragó saliva.
—Hace años que vivo sola —siguió la anciana—. No tengo lujos. No los necesito. Pero hay cosas que deben volver a su lugar.
Don Ernesto cerró el estuche con cuidado.
—Señora… ¿me permite hacer una llamada?
Ella asintió.
La llamada duró poco. Cuando colgó, Don Ernesto miró al gerente.
—Esta joyería no está en condiciones de comprar esta pieza.
—¿Qué? —balbuceó el gerente—. ¡Pero…!
—Porque —continuó Don Ernesto— esta joyería pertenece a la familia de la señora.
El mundo se detuvo.
—¿Cómo dice? —susurró alguien.
La anciana levantó la mirada por primera vez con firmeza.
—Mi esposo fue uno de los fundadores. Cedió su nombre para que otros brillaran. Yo solo vengo a cerrar lo que quedó pendiente.
Don Ernesto se volvió hacia el gerente.
—Usted ha estado manejando mal los activos durante años. Hoy mismo habrá auditoría.
El gerente abrió la boca, pero no salió sonido alguno.
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