ADVERTISEMENT

La echaron de la hacienda tras enterrar a su esposo…Pero nadie sabía que aquellas ruinas derrumbadas guardaban su propio secreto.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT

La echaron de la hacienda tras enterrar a su esposo…Pero nadie sabía que aquellas ruinas derrumbadas guardaban su propio secreto.

El cielo entero parecía llorar aquella mañana sobre las sierras de Guanajuato. No era una llovizna amable, sino un aguacero cerrado, de esos que se meten hasta los huesos y convierten la tierra rojiza de los cerros en un lodo espeso y traicionero. Yo, Efigenia Morales, con mis 63 años a cuestas y un luto que pesaba más en el alma que en el cuerpo, caminaba despacio por el pequeño panteón familiar. Los cipreses se mecían con violencia bajo el viento, como si advirtieran que la paz había abandonado ese lugar en el mismo instante en que el corazón de mi esposo dejó de latir.

La lluvia empapaba mi vestido negro, uno que había comprado años atrás para ocasiones solemnes, sin imaginar que sería para despedir al amor de mi vida. El agua corría por mis mejillas y ya no sabía si era la tormenta o mi propio llanto lo que me nublaba la vista. Frente a mí, el ataúd de madera fina de Rafael Villalobos descendía lentamente hacia la tierra mojada, perdiéndose en el hueco oscuro, llevándose con él la única seguridad y el único amor verdadero que había conocido durante más de cuarenta años.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT