Mientras el padre del templo de Nuestra Señora de Guanajuato murmuraba las oraciones, sentía que el mundo se desdibujaba. Su voz llegaba lejana, apagada por el golpeteo de la lluvia sobre los paraguas negros. Lo único real, lo único que me retumbaba en el pecho, era el sonido seco de la tierra cayendo sobre el féretro. Cada palada era un golpe directo al corazón, un recordatorio brutal de que ya no estaba él para sostenerme la mano, de que ahora tendría que caminar sola en medio de una tormenta que amenazaba con arrasarlo todo.
Respiraba con dificultad. Miré a los hombres que terminaban de cubrir la tumba y un recuerdo me atravesó el alma. Rafael solía decirme, mientras tomábamos café mirando las montañas:
—Efigenia, cuando yo falte, lo único que le pediré a la Virgencita es que te cuide hasta que volvamos a encontrarnos.
Pero bajo ese cielo gris sentí que ni la Virgen podía protegerme de lo que venía.
Me incliné con esfuerzo, sintiendo cómo la humedad atravesaba mis zapatos gastados y me calaba las rodillas doloridas. Tomé una rosa blanca que había cortado esa misma mañana del jardín de la hacienda, la última del rosal que yo misma planté el día que nos casamos. Era hermosa, pero triste, llena de espinas y gotas de lluvia. Alcé la mano para dejarla caer sobre la tierra removida.
La rosa nunca tocó el suelo.
Unos dedos fríos y huesudos se cerraron sobre mi muñeca con una fuerza inesperada. Giré la cabeza y me encontré con los ojos grises y duros de Doña Aurelia Villalobos, mi suegra.
Aurelia, ya entrada en los ochenta, seguía siendo una mujer imponente. Vestida de negro impecable, con guantes de piel y un velo fino cubriéndole el rostro, parecía inmune al frío y al dolor. Mientras los demás tenían los zapatos llenos de lodo, ella parecía flotar sobre la tierra. Se inclinó hacia mí y siseó palabras que me helaron la sangre.
—No ensucies la tumba de mi hijo con tus dramas, Efigenia —escupió—. Rafael merece descanso, no el teatro de una mujer sin linaje que solo buscó el apellido Villalobos y una vida cómoda.
Quise responder, quise gritar que yo amé a Rafael cuando no tenía nada, que trabajé con él en los peores años, que lo cuidé hasta el último aliento. Pero no me dejó.
—Guárdate esas lágrimas falsas —continuó—. Aguanté tu presencia en mi casa solo por respeto a la ingenuidad de mi hijo. Pero ahora que está bajo tierra, se acabó la farsa.
Soltó mi muñeca con asco, metió la mano en su bolso caro y sacó algo.
No era dinero.
Era una llave.
Una llave vieja, pesada, de hierro oxidado. Me la lanzó al pecho. Cayó al lodo con un sonido triste.
—Eso es todo lo que te queda —anunció en voz alta—. No vuelvas a pisar la hacienda. Los abogados ya dejaron todo claro esta mañana. La casa, las cuentas, los coches… todo vuelve a la familia Villalobos.
Luego sonrió con crueldad.
—Esa llave abre unas ruinas en la ladera norte. Un terreno inútil que Rafael, en uno de sus arranques sentimentales, puso a tu nombre. Quédate con eso… y desaparece.
Nadie me defendió. Nadie habló. Yo era la campesina que se casó con el patrón, y ahora que el patrón no estaba, volvía a no ser nadie.
Antes de irse, gritó:
—¡Lárgate, Efigenia! Y llévate a tu hijo. No quiero parásitos en mi familia.
El coche arrancó y se perdió entre la lluvia. Yo me quedé ahí, sola, mirando la llave hundida en el barro. La recogí con manos temblorosas.
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