Había perdido a mi esposo.
Y ahora también mi hogar.
Al salir del panteón vi a Diego, mi hijo de 30 años, esperando bajo una parada vieja de autobús con una maleta pequeña.
—Mamá… ¿qué pasó? ¿Regresamos a casa? —preguntó.
Lo miré y supe que no podía caerme.
—Antes quiero mostrarte algo —le dije—. Un lugar que tu padre nos dejó.
Caminamos durante horas bajo la lluvia hacia la sierra. Cuando llegamos, vimos cuatro paredes de piedra cubiertas de musgo, sin techo, llenas de escombros.
—Mamá… aquí no se puede vivir —dijo Diego.
Enderecé la espalda y levanté la llave.
—Aquí vamos a empezar de nuevo.
Esa noche, un alacrán negro se acercó a mi hijo dormido. Lo maté de un solo golpe. Entendí que la supervivencia no es elegante: es necesaria.
Al día siguiente, Aurelia llegó con una retroexcavadora para destruirlo todo. Pateó una pared y abrió una grieta. Y entonces, la luz del sol reveló algo que brillaba…

La grieta en la pared se abrió como si la misma tierra hubiera decidido hablar después de tantos años de silencio. El golpe había levantado una nube espesa de polvo viejo, olor a humedad y a historia enterrada. Durante unos segundos nadie respiró. El ruido de la retroexcavadora se apagó, y el viento de la sierra pareció detenerse también, como si estuviera esperando.
Entonces lo vi.
Un destello distinto, no el brillo engañoso de una piedra mojada, sino una luz profunda, cálida, casi viva. Sentí un nudo en el pecho. Me acerqué despacio, con el corazón golpeándome en las sienes. Metí la mano en la grieta y mis dedos tocaron algo duro, frío, pesado.
—Mamá… —susurró Diego detrás de mí.
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