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La echaron por una tierra en ruinas… y regresaron cuando ya valía oro

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Los primeros días fueron un infierno.
El cuerpo me dolía, el estómago rugía. El agua del pozo sabía a tierra. El pan se acabó rápido.
Caminé el terreno sin saber qué hacer, hasta que me senté bajo un mezquite, vencida.

Entonces escuché una voz:
—¿Tú eres la nieta de Chepa?

Era una mujer mayor, piel curtida, vestido remendado, pies descalzos, pero con una dignidad que imponía respeto.
—Soy Elena —respondí.
—Yo soy Doña Chepa “La Negra”. Fui amiga de tu abuela.

Me trajo comida.
—Come. El orgullo no llena la barriga.
Y tenía razón.

Desde ese día no estuve sola.
Ella me enseñó a trabajar la tierra, a rescatar el pozo, a no rendirme. Mis manos sangraron, mi espalda se endureció, pero el rancho empezó a respirar.

Una tarde fría de diciembre escuchamos un relincho.
Era un caballo negro enorme, herido, salvaje.
—Es de Don Justo Barragán —dijo Doña Chepa—. Lo maltrataban.

No pude dejarlo ir. Lo cuidé con paciencia. Lo llamé Trueno.
Con el tiempo apareció un arriero: Tomás Aguilar.
Traía noticias, harina, sal… y una mirada buena.

Los meses pasaron. El rancho dio fruto. Trueno sanó. Tomás se quedó.
Y entonces llegaron mis hermanos con abogados: querían quitarme todo.

Tres meses me dieron para demostrar que la tierra producía.
Trabajé como nunca. Aposté todo. Tomás apostó conmigo.

El día del juicio, Don Justo apareció y declaró que Trueno era un regalo.
El juez falló a mi favor.

Ganamos.

Con los años, el rancho floreció. Me casé con Tomás. Tuvimos una hija, María Elena Aguilar.
La tierra que me quitó todo… me lo devolvió multiplicado.

Hoy, vieja y con las manos marcadas, miro atrás y entiendo:
a veces perderlo todo es la única forma de encontrarse.

Las raíces profundas no se arrancan.
Solo esperan.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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