En San Isidro de la Sierra, un pueblito polvoriento pegado a las montañas de la Sierra Madre —de esos donde el viento trae nombres de muertos y el sol quema como si estuviera enojado—, la gente tenía una costumbre que se repetía igual que el repique de la campana de la iglesia: señalar hacia arriba y murmurar con lástima y desprecio.
—Mira… ahí vive la loca de la cueva —decían en la tiendita o en la cantina, entre tragos de mezcal tibio—. No tiene ni dónde caerse muerta. Vive como animal en ese agujero.
Y cada vez que Rosa bajaba al pueblo con su canastita de ixtle llena de hierbas, oía lo mismo: los mismos susurros, las mismas miradas de reojo. Ella no contestaba con gritos ni con coraje. Solo alzaba sus ojos cafés claros —tan raros en esas tierras que parecían de otro mundo—, sonreía poquito y seguía su camino, como si las palabras feas se quedaran pegadas al polvo de las botas de quien las decía.
Porque para Rosa, esa cueva que el pueblo llamaba vergüenza era otra cosa: libertad. Una paz que nunca había tenido antes.
Había llegado a esa sierra hacía casi tres años, con el pelo negro escondido bajo un rebozo viejo y gastado, y un pasado que le apretaba el pecho como nudo de alambre. No traía pesos, ni familia, ni apellido que valiera algo en un lugar donde te miden por lo que tienes. Traía solo lo puesto y una terquedad de hierro: no rendirse nunca.
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