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La llamaban loca por vivir en una cueva fría en vez de aguantar las burlas del pueblo. Pero cuando el huracán lo arrasó todo…

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Rosa sonrió, suave.

—Yo perdí todo una vez —respondió—. Y creí que era el fin. Pero resultó que fue el inicio… de encontrarme a mí misma.

Se quedaron en silencio, escuchando el canto lejano de un coyote y el murmullo del arroyo.

Y al final, cuando el frío bajó, Rosa se levantó, miró hacia la montaña y luego hacia su casa nueva.

No era que la cueva hubiera dejado de ser su refugio. Seguía siendo parte de ella, su primer hogar, su prueba de que podía sobrevivir.

Pero ahora tenía algo que no esperaba encontrar en San Isidro de la Sierra:

Una comunidad que por fin la veía.

Y cada vez que el cielo empezaba a ponerse oscuro y el viento anunciaba tormenta, Rosa abría su puerta sin dudarlo.

Porque la “loca de la cueva” nunca estuvo loca.

Solo estuvo sola… hasta que la vida obligó al pueblo a aprender, de la forma más dura, que la verdadera riqueza no está en lo que uno tiene, sino en lo que uno es capaz de dar.

V

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