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La llamaban loca por vivir en una cueva fría en vez de aguantar las burlas del pueblo. Pero cuando el huracán lo arrasó todo…

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El descenso fue una guerra contra el huracán. El viento la empujaba de lado; la lluvia le pegaba en la cara como piedras. Más de una vez tuvo que agarrarse de una roca para no rodar. Pasaban ramas y láminas volando tan cerca que sentía el golpe del aire.

Pero Rosa no se detuvo.

Cuando por fin alcanzó al grupo, los encontró al borde del pánico.

—¡Vengan conmigo! —gritó por encima del rugido—. ¡Yo conozco un lugar seguro!

El joven la miró con desconfianza, reconociendo en su cara la etiqueta que el pueblo le había pegado.

—¿Tú…? ¿La de la cueva?

Antes de que pudiera decir más, una ráfaga arrancó un pedazo de techo y lo aventó contra una pared con estruendo. La duda se evaporó.

—¡Vamos! —dijo él, casi suplicando.

Rosa se acercó al hombre mayor, lo levantó por debajo del brazo.

—No me suelte, compa —le ordenó—. Un paso a la vez.

—Soy… Don Guadalupe Vargas —alcanzó a decir el viejo, empapado—. No puedo…

Rosa lo miró directo.

—Sí puede. Porque todavía está aquí.

La mujer apretó más a sus hijos.

—Soy Carmen —sollozó—. Mis niños…

—Van a subir —dijo Rosa—. Los voy a llevar.

Y el joven, apretando los dientes, se acomodó al otro lado de Don Guadalupe.

—Me llamo Juan —gritó—. Dígame qué hacer.

El camino de subida fue peor. Ahora no era solo luchar por sí misma; era cargar el miedo de otros, sostener cuerpos cansados, empujar cuando las piernas ya no daban. Don Guadalupe resbalaba y Juan y ella lo cargaban a ratos. Carmen subía con un niño en cada brazo: Lupita de seis años y Pedrito de cuatro, empapados, temblando.

Rosa iba adelante, abriendo el paso.

—¡No se separen! —repetía—. ¡Pisen donde yo piso!

En un tramo, una piedra se soltó y Don Guadalupe casi rueda. Rosa se lanzó y lo atrapó antes de que cayera al vacío.

—¿Por qué… por qué haces esto? —jadeó él—. Nosotros… nosotros…

Rosa no lo dejó terminar.

—Después hablamos. ¡Ahora respire!

Llegaron a la entrada de la cueva como quien llega a otro mundo. Adentro, el viento era un susurro lejano. No había lluvia. La temperatura era amable. Los cinco se desplomaron en el suelo, llorando, riendo, temblando al mismo tiempo.

Rosa prendió el fuego con manos rápidas, como si hubiera hecho eso toda su vida… porque lo había hecho. Les dio agua del manantial, envolvió a los niños con pieles y cobijas viejas, y empezó a revisar heridas con árnica y hierba santa.

Los ojos de todos la seguían: una mezcla de gratitud, sorpresa… y vergüenza.

Don Guadalupe fue el primero en hablar, con la voz quebrada.

—Nos salvaste… y yo fui de los que… —tragó saliva—. Yo fui de los que te cerró la puerta.

Rosa movió la cabeza, suave.

—No salvé gente que me desprecia —respondió—. Salvé seres humanos que estaban por morir.

Las palabras cayeron más fuerte que un rayo.

Carmen, con los niños ya más tranquilos, se tapó la cara.

—Yo hablaba mal de ti —confesó entre sollozos—. Decía… decía que estabas loca.

Rosa le tomó las manos.

—Odiar cansa —dijo, casi en un susurro—. Y yo necesito mi energía para sobrevivir… y para curar.

Juan, empapado y con el labio partido, la miraba como si la estuviera viendo por primera vez.

—¿Cómo aprendiste todo esto? —preguntó.

Rosa se quedó un segundo en silencio. Las llamas chisporrotearon.

—Mi abuelita me enseñó —dijo al fin—. Y la vida… también enseña. A golpes, pero enseña.

En esa noche larga, mientras afuera el mundo se deshacía, ellos descubrieron que la “loca” tenía una casa más ordenada que muchas del pueblo. Que su soledad no era abandono, sino refugio. Que su calma no era rareza, sino fuerza.

Cuando el huracán por fin aflojó y el amanecer pintó de gris la entrada de la cueva, salieron a mirar.

El pueblo estaba herido: casas caídas, techos destruidos, calles llenas de escombros. Pero había sobrevivientes. Gente saliendo de sótanos, de establos, de cualquier rincón que los hubiera protegido.

Don Guadalupe tragó saliva, con los ojos rojos.

—Vamos a ayudar —dijo.

Antes de irse, se volvió hacia Rosa.

—Lo que hiciste… no se paga con maíz ni con frijol. Yo te juro que esto va a cambiar.

Carmen abrazó a Rosa con fuerza. Lupita y Pedrito también se le colgaron, tibios, como si su cuerpo entendiera que ahí había seguridad.

Juan fue el último. Se quedó parado en la entrada, con el viento ya en calma.

—Yo repetí lo que oía —admitió—. Nunca me pregunté si era cierto. Perdóname.

Rosa sintió que algo antiguo, algo roto dentro de ella, se aflojaba.

—Con que no lo repitas otra vez —dijo—, basta.

En las semanas siguientes, San Isidro se reconstruyó a martillazos y manos heridas. Y, sin que Rosa lo buscara, su historia se regó por el pueblo como fuego en zacate seco.

—Ella nos sacó del infierno.

—Ella curó a mi hijo cuando nadie pudo.

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