Y cada vez que el cielo empezaba a ponerse oscuro y el viento anunciaba tormenta, Rosa abría su puerta sin dudarlo.
Porque la “loca de la cueva” nunca estuvo loca.
Solo estuvo sola… hasta que la vida obligó al pueblo a aprender, de la forma más dura, que la verdadera riqueza no está en lo que uno tiene, sino en lo que uno es capaz de dar.
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