El silencio en la mansión era un ente vivo, pesado y opresivo. Doña Isabel se miraba en el espejo monumental de su nuevo cuarto, un espacio tan vasto y frío que parecía un mausoleo de lujo. El vestido color vino que Alejandro le había insistido en comprarle se sentía como una armadura ajena. La tela cara un insulto a sus manos acostumbradas a la aspereza del trabajo. Llevaba una hora sentada en el borde de la cama, incapaz de decidir si bajar a cenar era un acto de valentía o la más grande de las cobardías.
El sonido de la puerta, abriéndose sin previo aviso, la hizo sobresaltar. Era Valeria, quien entró sin tocar, una costumbre que Isabel empezaba a notar y a detestar. La prometida de su hijo ya estaba vestida para la cena, un modelo blanco y ajustado que la hacía parecer una estatua de mármol. Sus ojos, sin embargo, no tenían la calidez de una futura nuera, sino el frío analítico de un inspector. “¿Aún no está lista, suegra?”, preguntó Valeria, su voz un almíbar que no lograba ocultar el veneno.
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