“Para que te vayas de compras con tus amigas y empieces a ver las cosas para la decoración de la casa. Cómprate lo que quieras, no hay límite. Te lo mereces por hacerme tan feliz. Los ojos de Valeria brillaron con una codicia que disfrazó hábilmente de gratitud. Ay, mi vida, no te hubieras molestado, pero gracias. Lo usaré con sabiduría. Luego Alejandro se acercó a su madre y le dio un abrazo fuerte y genuino. Pórtate bien, mamá. Descansa, lee un libro, pasea por el jardín.
Esta también es tu casa, quiero que la disfrutes. Te quiero mucho. Y yo a ti, mi hijo, que te vaya muy bien, respondió Isabel, aferrándose a ese abrazo como un náufrago a una tabla. Alejandro se fue. El sonido de la puerta principal cerrándose retumbó en el silencio y con ese sonido el hechizo se rompió. Valeria se quedó de pie en medio del comedor con la tarjeta de crédito en la mano. La sonrisa se desvaneció de su rostro como si nunca hubiera existido.
Isabel, que recogía su plato para llevarlo a la cocina, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía lo que venía. Valeria no la siguió de inmediato. En su lugar, sacó su celular y marcó un número, hablando en voz lo suficientemente alta para que Isabel desde el umbral de la cocina pudiera escucharla perfectamente. Brenda, amiga, no sabes. Alejandro acaba de dejarme una tarjeta sin límite. Sí, sin límite. No, claro que no. La necesito para comprar unas cositas para la casa y quizás un bolso nuevo, el que vimos en la boutique.
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